El arte de perdurar, de Hugo Hiriart

HUGO HIRIART
I

Hay una red de problemas filosóficos que la llaman problema del uno y los muchos. Por ejemplo, tú has sido niño, joven, adulto, soltero, casado, es decir, has sido muchos, y sin embargo, en todas esas transformaciones has sido tú mismo, es decir, has sido uno, entonces, ¿cuál es ese uno disgregado entre los muchos? O, con más generalidad, existen las cosas y los seres que vemos, pero todos ellos son, ¿cual es, qué es este ser común a todas las cosas? ¿Cómo se unifica lo diverso? ¿Cuál es la unidad de lo plural?

Una versión de este problema aparece en las Obras Completas de Alfonso Reyes. Pongámoslo así, Reyes no logró destilar y cifrar en un libro enteramente representativo toda la gama de su genio artístico. Sé que es desagradable decirlo, pero no tiene ese magnum opus que lo centre como artista individual, particular. Reyes está disperso en la delicada orfebrería de sus pequeñas obras maestras. A mí me basta con ellas. El problema aparece cuando quiero trasmitir este entusiasmo. ¿Qué pasa cuando queremos presentar a Reyes ante alguien que no proviene de nuestro mismo fondo cultural, por ejemplo, ante un norteamericano culto e inteligente? ¿Qué libro suyo le damos a leer?

Si le damos a leer, por ejemplo, Grata compañía, que es encantador, ya sabemos que nos va a responder:

–Sí, sí, están muy bien los ensayos, la mosca de Proust y todo eso, ¿pero no habrá algo con más sustancia?

Y así empiezan los problemas. Si le damos una selección de sus poemas, nos va a contestar:

–Es buen poeta, pero de seguro en México hay mejores, ¿no le parece que su poesía suena a siglo XIX?

Si le entregamos Ifigenia cruel ya sabemos que este poema dramático no es cabalmente re presentativo del genio del maestro, que faltan en él su humor, la manera inteligente, el ataque oblicuo, la prosa cordial, la constelación de referencias atraídas por ese modo delicado y voluptuoso de imantar el texto que gozamos en los ensayos.

Si le damos algo del Reyes helenista, “El Sueño de Agatón” por ejemplo, que viene en Junta de sombras y es una obra maestra, va a decirnos:

–Es muy buen escritor, pero aficionado, poco filológico. ¿Usted no ignora, por supuesto, todo lo que se ha adelantado en filología clásica, verdad? Hay libros sorprendentes y muy eruditos sobre todo lo imaginable.

Y así vamos rodando hacia la pendiente catastrófica, la que conduce a remitirlo hacia los volúmenes de las Obras completas hasta ahora publicados.

Lo que digo es que la puerta de la fama es estrecha y nadie puede pasar por ella con sus obras completas. Los vistas aduanales de esa puerta son insobornables en su:

–No pasa todo, así que vaya dejando. Imposible abrir un boquete en el muro que dice “estos perdurarán”.

Y he aquí el problema: no hay ningún trabajo que recoja entero a Reyes, que sea una indiscutible obra maestra personal e intransferible.

La puerta de la fama, además de estrecha, es impredecible, es como en los toros, la puerta de los sustos. Ya me imagino la cara que puso el impecable Alexander Pope, por ejemplo, cuando vio que le abrían de par en par la puerta a un oscuro periodista, inteligente, eso sí, y esforzado, pero nada del otro mundo, que llevaba en alto su ejemplar de Robinson Crusoe. O, para no ir más lejos, la sorpresa de Quevedo, Lope, Góngora y el propio Cervantes cuando flanqueaban el paso con atronar solemne de trompetas Don Quijote y su escudero.

Reyes no logró ese libro, ese acto de magia sintética que concentra el universo entero en el pulso de un individuo único e irrepetible. Qué angustia, él que era el más dotado. El genio de Reyes, digámoslo de una vez, está desperdigado. Disjecta membra de un talento y una energía incomparables.

Reyes, la indescifrable Providencia
que administra lo pródigo y lo parco
nos dio a unos el sector o el arco
pero a ti la total circunferencia.
Dicen los versos de su amigo Borges. Y sí, en efecto, es cierto, una circunferencia, la total circunferencia, pero sin centro, una imposible y contradictoria construcción geométrica: la circunferencia acéntrica. Ese monstruo geométrico aparece cuando no se resuelve el problema del uno y los muchos. Reyes es muchos y no es posible hallar el uno que los unifica.

II

¿Por qué? En lo anterior no hemos señalado un hecho discutible, sino formulado un problema literario, a saber, ¿a qué obedece que Reyes no se haya podido unificar? En lo que sigue trataremos de dar respuesta a este doloroso enigma.

Todos estamos de acuerdo en que Reyes es un maestro de la cuartilla acerca de nada, o acerca de lo que sea; que asombran la elegancia, discreción, ingenio, muchas lecturas, cortesía y civilización de sus delicadas obras maestras. Pero tal vez no todos estemos de acuerdo en la percepción de que esa facilidad para la prestidigitación literaria pudo, a fin de cuentas, serle gravosa, perjudicial y dañina al maestro, que su situación acabó siendo la de un artista cazado y guardado en una jaula por su propio genio literario. O, dicho de otro modo, que Reyes topó con los límites del virtuosismo literario, no los pudo traspasar, y ahí se quedó sin poder avanzar. O tal vez, y sería más interesante, esos límites no se pueden traspasar, no hay a dónde ir más adelante, y el artista que tiene la desgracia de topar con ellos queda ahí, inmóvil, apresado.

¿De qué manera el don para la nadería maravillosa, el don de escribir muy bien, capturó y no dejó avanzar al maestro hacia su opus magnum?

Mi tesis dice que hay dos razones entremezcladas. Primero, su estilo era, como hemos visto, eficaz, racional, dichoso, pero poco flexible. No le permitía, por ejemplo, acceder con soltura a lo irracional e informe. Zona en la que se sitúa, por ejemplo, la interioridad de las personas. Para Reyes todo tiene que ser cumplidamente inteligible, no hay en él sensibilidad para el misterio y no sabe trasmitir la oscuridad del misterio, en él todo es igualmente luminoso y coherente.

En esta limitación vemos al hijo de la Escuela Nacional Preparatoria positivista de Porfirio Parra, donde Reyes se formó. Reyes adopta el lema wittgensteiniano del Círculo de Viena: “De lo que no se puede hablar, es mejor callar”. (Parafraseado por Ramsay con una fórmula aun más pesimista: “De lo que no se puede hablar, no se puede hablar, punto”.) Pero esa concepción, que en filosofía pudo, con reservas, admitirse, es en literatura una gravísima mutilación. El mismo Einstein dice por ahí que en arte conviene lo oscuro, que, al revés de la ciencia, no conviene que sea demasiado claro. Hay que imaginar cuántas novelas, cuentos y poemas se perderían si eliminamos la bruma, la extrema y misteriosa vaguedad, la inventiva ilógica que les permite crecer y fructificar. En arte no todo ha de ser sonata transparente de Mozart.

El libro.

El otro punto es muy diferente, aunque está relacionado. Reyes descubrió muy aprisa un estilo que le permitía hablar de cualquier cosa, así que el maestro comenzó a cabalgar de tema en tema, incansablemente. ¿Cuántos temas trató Reyes? Son tantos que permitirían una especie de enciclopedia personal y no planeada de cuanto hay en el mundo. No en balde Arreola llamaba a Reyes “la versión mexicana de la cultura universal”.

Pero, sí, aquí viene el pero: Reyes no se daba cuenta de que mientras más extendía sus cabalgatas, más se desperdigaba. Y que al hacerlo atentaba más y más contra la máxima artística que dice que no es artista quien no ha aprendido a limitarse y a volver sobre lo mismo, ahondando. Vermeer es gran artista porque aprendió a limitarse: sabía muy bien de qué tamaño debían ser sus cuadros, con cuáles temas, con qué tipo de colorido y temperatura, es decir, sabía qué era lo que no debía intentar y lo aceptó con humildad, sólo eso le era dado, pero eso era suyo.

Reyes no pudo darse esas limitaciones, se lo impidió el estilo. Estilo hecho para la variedad, para la correría, pero no para el ahondamiento sedentario. Porque el estilo le permitía el párrafo perfecto, inmodificable. Una vez escrito, ya no había nada qué hacer, se volvía fatalidad. Y le hacía imposible volver sobre lo mismo y ahondar en los asuntos tratados. Sólo le quedaba ir hacia otras cosas y desperdigarse en nuevos temas. Pero conforme se desperdigaba iba perdiendo más y más el centro y se hacía más y más invisible como persona, como artista individual. La persona que reflexionaba se perdía en el estilo prodigioso. Pero en la obra maestra representativa, si algo debe haber es un punto de vista singular del universo, es decir, una persona única e irrepetible que mira desde cierta época y desde cierta condición humana peculiar. El estilo no basta, se necesita también la representatividad histórica y personal, y ésta se había borrado.

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