Agencias
Durante el día la luz del sol es tan intensa y abundante que ilumina todas las partículas en la atmósfera. Al ser reflejada por esas partículas, la luz se descompone en los colores primarios, de los cuales el azul se esparce más y por ello vemos el cielo de ese color. Conforme avanza el día, el color del cielo cambia porque también lo hace la cantidad de luz que se refleja en las partículas de la atmósfera. Llegada la noche, sin el efecto de la luz solar, podemos ver la luna y las estrellas sobre un fondo oscuro: mientras menos luz haya, más oscuro es el cielo nocturno y más estrellas podemos ver.
Cuando por las noches iluminamos nuestras ciudades también iluminamos las partículas en el aire. Por eso, el cielo urbano nocturno deja de verse oscuro para tomar tonos rojizos, grisáceos, azulados o blanquecinos. Un cielo nocturno iluminado se considera un cielo contaminado y una de sus consecuencias es que podemos ver menos estrellas, en ocasiones ni una. En el año 2001, el astrónomo amateur John Bortle propuso una escala para clasificar el cielo nocturno en 9 categorías de acuerdo a su nivel de contaminación lumínica y a la cantidad de estrellas que se pueden ver. Su artículo empieza preguntando “¿qué tan oscuro es tu cielo?”.
Los cielos más oscuros desde donde se pueden ver miles de estrellas junto con todo el trazo de la vía láctea están libres de contaminación lumínica. A los (cada vez menos) lugares así le asigna el valor “1. Sitio oscuro excelente” y se les identifica con colores negro o gris oscuro. En el otro extremo están los “Sitios de centros urbanos” que se encuentran en el interior de las ciudades, donde de plano no es posible ver estrellas o tan sólo las más brillantes; esos sitios reciben la clasificación de Bortle 9 y se les identifica con colores blanco o gris claro.










