F R A G M E N T O…
El benemérito escritor abulense José Antonio Hernández de la Moya, Socio de Honor de la Sociedad Cervantina de Esquivias y miembro de RTVE, galardonado, inter alia, con el primer premio de la IV Edición del Certamen literario Relatos X Justicia, autor de sobresaliente serie de «El Espíritu de la transición», «El espíritu de la Navidad», la novela «Yo, abo. Un viaje de autodescubrimiento y al metaverso», y ahora nos presenta perlas de sabiduría en su obra maestra: Apuntes de sabiduría: una guía para despertar de la Consciencia, divulgada por la excelente Grupo Editorial Amarante (2021), y dedicada a «todos los hombres y mujeres que anhelan un mundo más justo, solidario, armónico y feliz» (J. A. Hernández de la Moya, 9).
El ejemplar periodista José Antonio empieza su libro con los agradecimientos con la vida, recordando las palabras del insigne literato Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), así: «es un frenesí».; una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son»; pero que, aun así, es…¡la vida!», y con la canción de la artista chilena Violeta del Carmen Parra Sandoval (1917-1967), principal folclorista en América del Sur, intitulada «Gracias a la vida que me ha dado tanto», en cuya conmemoración de su natalicio, el 4 de octubre se celebra el «Día de la música y de los músicos chilenos» (J. A. Hernández de la Moya, 11-12).
Agradece a la vida,-«un constante milagro»,-y a sus amadísimos padres Eugenio y María del Pilar, gracias a quienes vino a este mundo, como hijo de la vida deseosa de sí misma, citando al poeta libanés Khalil Gibran (1883-1931), quien declaró que «hoy mis padres biológicos no se encuentran ya en este plano de existencia, pero siguen presentes dentro de mi corazón en forma de fuente inagotable de amor y guía», resaltó que «yo no soy sino tú» y «Ustedes son mis hermanos y los amo. Los amo cuando se postran en sus mezquitas, se arrodillan en sus iglesias y oran en sus sinagogas. Ustedes y yo somos hijos de una sola fe: el Espíritu» (Yibrán Jalil Yibrán).
Rindió su eterna gratitud de corazón a su queridísima hermana Pilar-, «un gran tesoro, arquetipo de generosidad, del desprendimiento y del amor por la familia», quien siempre estuvo en su vida, llamándola «su segunda madre», quien asimismo de vez en cuando «puso sus pies en la tierra», aludiendo a la hiperbólica expresión evangélica «ni aun el mundo mismo podría contener los libros que se escribirán» (El Evangelio de Juan, 21-25). Dirige un millón de gracias al «amor de su vida» Ana María, siguiendo los consejos de Khalil Gibran que «permitiendo que los vientos del cielo dancen libremente entre nosotros; amándonos con devoción, pero sin hacer del amor una cadena, sino más bien un flexible oleaje entre los litorales de nuestras almas».
Con el mayor cariño posible aprecia en público a todos los que han entrado en su vida «como fuente de inspiración, el impulso de las acciones más gloriosas y heroicas, la comprensión de los principios éticos y morales y el aprendizaje», prometiendo «guardar un recuerdo de eterna gratitud, sin olvidarlo jamás, y mantenerlo depositado celosamente dentro del templo de su corazón» (J. A. Hernández de la Moya, 14). En ese sentido invoca al filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson (1803-1882), quien proclamó que «todo hombre que conozco es superior a mí en algún sentido, así como una fuente de aprendizaje para mí», y sostiene que «el verdadero oficio del hombre-su finalidad esencial-consiste en mejorarse, perfeccionarse, educarse, completarse y superarse a sí mismo», tal como lo dice san Francisco de Asís (1181/82-1226), fundador de la Orden Franciscana «vencerse a sí mismo, es el gozo perfecto» (J. A. Hernández de la Moya, 14-15).
En su prefacio nota adecuadamente que la Humanidad inmersa en una cambio profundo de paradigmas, marcos de referencia y de valores y confiesa «haber aprendido a escuchar los dictados de su corazón y a descifrar el lenguaje que está más allá de las palabras», ya que acorde con el filósofo griego Platón (c. 427-347 a.C.) es «imposible curar el cuerpo sin tratar el alma» porque «todo procede del alma, lo bueno y lo malo, e irradia de allí a todo el hombre. Pero el alma se trata mediante ciertos diálogos» (Cármides o de la sabiduría: Diálogos de Platón).
En el capítulo «La bendita curiosidad de hacernos preguntas» cita las cinco grandes preguntas,- las que nos tienen atrapados generación tras generación,- del filósofo griego Aristóteles (384 a.C-322 a.C.), plasmadas en su Ética a Nicómaco, que son: ¿existe Dios?, ¿qué es el Ser?, ¿qué es el ser humano?, ¿cómo alcanzar la felicidad? y ¿qué hay más allá de la muerte?, y pregunta «por qué debemos mantener la bendita curiosidad de hacer preguntas» (J. A. Hernández de la Moya, 32).
Alude al filósofo hindú Sri Nisargadatta Maharaj (1897-1981), quien precisa que «es crucial conocer las respuestas, puesto que sin una completa compresión de un mismo,… la vida no es más que sueño», convoca al alemán físico Albert Einstein (1879-1955), quien destaca que «lo importante es no dejar de hacer pregunta… no perder jamás la bendita curiosidad», cita al pedagogo toledano José Antonio Marina Torre (1939-), Doctor Honoris Causa, quien esclarece que «ni el problema ni la pregunta son conocimientos, al contrario, son reconocimientos de ignorancia, pero abren especio al conocimiento», y menciona a Gautma Buddha (siglos VI o V. a.C.), quien afianza que «todo lo que somos es fruto de lo que pensamos». Por último, José Antonio resalta que «todas las preguntas del hombre persiguen obtener información con el fin de encontrar un sentido a la vida» (J. A. Hernández de la Moya, 32-33)…










