Hernán León Velasco
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas
En octubre de 2010, Oaxaca fue escenario de un concurso latinoamericano de pintura. Cincuenta artistas de distintos países llegaron con sus lienzos, sus sueños y sus esperanzas, sin saber que, entre ellos, participaba una mujer que pintaba impulsada por un mensaje llegado desde un lugar donde el tiempo ya no existe.
Su nombre: Graciela Zepeda Hernández, habitante de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
Su historia había empezado años atrás, con una pérdida que le arrancó el alma: su hijo, Zaid Abraham Rashid Zepeda, había muerto, y con él, se le apagó el deseo de pintar. Durante cuatro años sus pinceles durmieron, cubiertos de polvo, mientras ella convivía con el silencio y el peso del duelo.
Hasta que un día, un joven tocó a su puerta. No era conocido, al menos no para ella. Se presentó como amigo de Zaid. Venía inquieto, como quien lleva en la piel algo que no le pertenece:
-“Soñé con Zaid. Tres veces. En el último sueño me dijo que viniera a verle. Me pidió que le dijera que pinte. Que habrá un concurso y usted va a ganar”.
El muchacho había dudado en las dos ocasiones anteriores, pero esta tercera vez sintió una fuerza extraña, ineludible. Buscó el domicilio de la madre de su amigo fallecido y cumplió con lo que sentía era un encargo. Luego, desapareció de su vida, como si su papel en la historia hubiese terminado.
Graciela escuchó el mensaje con el corazón apretado, pero no lo tomó en serio. El dolor aún le nublaba la fe. Sin embargo, dos años después, cuando una convocatoria llegó a sus manos anunciando un concurso en Oaxaca, algo dentro de ella despertó: el mensaje resonó con claridad. Comprendió que debía hacerlo.
Así volvió al taller, y a la vida.
Decidió pintar al Quijote. No fue un capricho, sino otro impulso misterioso: una noche soñó con el Caballero de la Triste Figura mirándola, como si dijera: “levántate, sigue, lucha”. Y lo pintó.
La obra se construyó con alma y raíz chiapaneca: tintas vegetales, café de Tapachula, de Yajalón y de otras tierras cafetaleras de Chiapas, mezcladas con óleo solo en el rostro, los bigotes y la barba. Cada trazo era un regreso a la esperanza, cada capa de café, un latido que volvía. El lienzo, de 60 x 60, parecía respirar: los ojos del Quijote estaban vivos, y quien se paraba frente a ellos sentía una mirada que atravesaba el tiempo.
Llegó a Oaxaca con lo justo. Su comunidad religiosa le ayudó con pasaje, hospedaje y comida. Viajó en autobús, llevando su cuadro y la sensación de que alguien invisible-su hijo- caminaba a su lado.
El día del certamen, los jueces, reconocidos en el mundo del arte, deliberaron durante horas. Graciela pasó a la lista de los quince finalistas, luego a la de los cinco… y finalmente, fue proclamada ganadora entre cincuenta artistas de toda América Latina.
No hubo discursos. No podía contarlo: lo suyo era un triunfo que desbordaba lo tangible. Nadie allí sabía que, quizás, aquel premio se debía también a un mensajero del otro mundo, a un hijo que no se resignó a dejar a su madre sin su arte.
Regresó a Tuxtla con su cuadro y su fe renovada. Desde entonces, nunca más dejó de pintar. Y cada vez que mira el Quijote colgado en su pared, siente que esos ojos -que parecen vivos- le devuelven una promesa cumplida: “Lo lograste, mamá. Lo logramos”.
Y ella sonríe, mientras una lágrima le cae, suave, como una caricia de Zaid, que siente que siempre la acompaña.










