Damaris Disner/Entonces, escribo
“Alguna vez alguien nos salvó, ahora nos toca salvar a alguien”, le digo a un querido amigo, poeta y editor, cuando menciona que su contador e
s la onda por su buen trato y profesionalismo. Le dio su primer taller de poesía, el ahora contador y poeta quería ser rapero, aunque se inclinó por la poesía desde ese primer encuentro.
La frase llegó como revelación porque titubeaba sobre qué tema escribir para publicarse hoy. Por mi mente habían desfilado varias ideas, las cuales terminaron yéndose precipitadamente. En mi texto de la semana pasada, refería sobre la adrenalina que te cala cuando tienes la entrega a contratiempo.
Escribir a veces es un reto, de pronto un bálsamo o una catarsis. Otras más, una especie de venganza literaria, antes que me quiten la vesícula he preferido vaciar la bilis en mis textos y vaya que funciona. Una de mis otras de teatro, surgió de la incapacidad de negarme a firmar una carta de apoyo para postular a un escritor a Premio Chiapas. Después de fletarme una hora de la verborrea de que su libro había sido editado más veces que ¡El Quijote de la Mancha! Y aparentar un genuino interés por la obra de mi padre, terminó pidiéndome mi firma para su postulación. No me negué.
Aún recuerdo el departamento de la octava poniente donde viví ocho años. Era de tarde y el tipo blanco, de ojos claros, viejo, por cierto, no chiapaneco, con su mirada curtida en alcoholes, extendía el papel para que firmara. No me negué.
Cuando se fue me sentí tan insulsa, por no decirme otro adjetivo, de firmar si realmente no sentía que se merecía tal distinción. Efectivamente nunca se le dio en vida, porque quién sabe si después alguien buscará otorgárselo pots mortem. Si me negaría.
Mientras tecleaba, mi visceralidad se escurría sobre la lustrosa pantalla, acribillaba su implacable blancura, por ese monólogo exacerbado donde no supe poner límites a alguien que se escudaba en su próximo final para alcanzar un premio.
También reflexiono sobre las incontables ocasiones que a las mujeres se nos acusa de neuróticas, agresivas o malas personas si nos negamos a apoyar algo en lo que no creemos o defendemos nuestros derechos, tal vez de la misma forma de como los violentaron. Con el paso de los años he aprendido que las acciones o reacciones de los demás hablan más de ellos, ellas, que de mí. Y tampoco podemos autoflagelarnos si no decimos en el momento lo que consideramos debió ser lo justo, para eso también existe la literatura.
Aunque el suceso fue hace más de 25 años y la obra la escribí mucho después, fue poderosa porque canalizó mi sentir y propició la investigación, cuestionarme ¿De qué mentiras y manipulaciones son capaces las personas para lograr notoriedad? Entonces, recordé más anécdotas sobre escritores que, se dice, les trabajan sus poemarios para alcanzar prestigio o premios literarios. ¿Ficción o realidad? Lo ignoro, pero por un mal rato logré una obra con la cual viajé, hice amistades generosas e inicié una editorial de teatro y aún conservo mi vesícula. ¿Quién dice que escribir no sana?
*Damaris Disner, escritora y tallerista de LIJ, es directora de la Galería Rodolfo Disner. Ferviente admiradora de los gatos acompaña procesos literarios a través del autoconocimiento y la exploración artística.
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