Una vida con vida…Neila Ruíz González: ‘Tamalitos, mi amor’
Jorge Éver González Domínguez/Chiapa de Corzo, Chiapas [email protected]
María Neila Ruíz González, nació en el barrio San Jacinto, de la colonial Chiapa de Corzo, un 27 de enero, hija de Julita González Núñez y Cleofas Ruíz Nambao.
De muy pequeña observó a su madre cómo elaboraba los tamales, retomó ese referente y hace cuatro décadas se incrustó en la gastronomía chiapacorceña, realizando lo que mejor sabe hacer: los tamales.
Con la sabiduría que le dio la escuela de la vida, doña Neila fue inventando ese sabor que le ha dado la experiencia de la cocina tradicional.
Dentro de la sociedad chiapaneca y sureste de México, el tamal es un referente en celebraciones de imágenes religiosas, conmemoraciones de difuntos y en fechas de Todo Santos, y existen personas que lo elaboran como un negocio para subsistir.
Sin saberlo, doña Neila se convirtió en parte cultural gastronómica de un pueblo que sostiene sus tradiciones en la profundidad de sus raíces.
Única en su trabajo, le ha dado la exquisitez que requiere un oficio tan difícil.
“Este trabajo no es fácil, es muy ‘trabajoso’, se requiere de mucha concentración y no permite el estrés o las preocupaciones, porque si no se está tranquila el sabor cambia, creo que ese es el secreto de la comida en general”, nos dice en entrevista.
Tiene en su haber diferentes presentaciones de tamales, como los de elote, mole, yerba santa, raja, cambray, milpa, frijoles, anís, chipilín, es la única que elabora los tamales de elote rellenos de manjar; discreta en su receta, nos dice que esa presentación se la sugirió una clienta.
Cada miércoles y sábado, en los arcos del lado norte de la ciudad chiapacorceña, a partir de las cuatro de la tarde se ven los recipientes llenos de tamales de doña Neila, comida que satisface el paladar: en los sabores de una tradición milenaria, el maíz en su más alta expresión gastronómica.
Es posible que no lo sepa, pero en ella descansa una tradición ancestral, alimento de nuestros antepasados.
Actualmente, la siguiente generación de su dinastía está preparada para continuar con lo que comenzó como una acción de subsistencia, de lucha, de trabajo, de sobrevivencia y ahora como un negocio que le ha permitido vivir por muchos años, a veces con mucho esfuerzo.
En Chiapa de Corzo, la sociedad en general tiene un modo de vida sencilla, campirana en ocasiones, donde la mayoría se conocen entre sí, conocen al negocio de doña Neila como ‘Tamalitos, mi amor’.
Sonriente, camina por las calles soleadas del pueblo, agradece a quienes tienen la confianza de su oficio y continúa amasando la dureza de la vida en un producto envuelto con paciencia, en una hoja de mazorca.
Los tamales de mi Tuxtla
Sus sabores traen impregnados los recuerdos,
saben a gozo o a tristeza,
saben a desayuno de primera comunión,
a rezo, a fiesta o cumpleaños.
Traen en cada bocado el olor aleña y fuego,
de manos untando el sabor de la nostalgia,
la alegría del maíz y las especies.
Llegan a nuestra mesa bien envueltos,
traspasando los siglos.
Llegan rellenitos de diversos manjares.
Son alimento y ofrenda, según el acontecimiento.
Son motivos de celebración, de duelo o de agradecimiento.
Imprescindibles en cualquier día del año.
Llenan los aires con diversos aromas.
Son los tamales de mi Tuxtla
y no hay quien se resista a degustarlos.
Socorro Trejo Sirvent










