19 de junio de 1867, Cerro de las Campanas, Querétaro…
Roque Gil Marín Vassallo Comitán, Chiapas
Quien fuera el Segundo y, a la fecha, último Emperador del México Independiente, Archiduque de Austria Fernando Maximiliano José de Habsburgo, nació en el Castillo de Shoembrum de la Ciudad de Viena, Austria, entonces capital del Imperio Austro-Húngaro, el 6 de julio de 1832, siendo sus padres el emperador Germánico-Austro-Húngaro Francisco II y la Reina Sofía de Grecia y fue su hermano mayor el emperador del mismo Imperio Francisco José I. Hizo sus estudios en el Colegio de la Marina Real de la Armada de la que, en el año 1854 fue nombrado Almirante y Comandante Mayor, realizando largos viajes al mando de su flota de guerra compuesta por 17 buques cañoneros, recorriendo Grecia, Italia, Portugal, Isla Madera, Palestina y Egipto, lo cual le sirvió para incrementar su acervo cultural y el dominio de varios idiomas.
A su regreso, Maximiliano hizo una visita familiar a sus parientes en Bélgica y, estando en Bruselas, conoció a la Princesa de ese país: Carlota Maria Amalia, hija del Rey Leopoldo I, pidiendo su mano y realizándose la boda Real en la Catedral de Viena, el 27 de julio de 1857, siendo nombrado Rey de Lombardía y Véneto, en Italia, y se trasladó a vivir a Venecia en el año 1859.
Por estos años, el Imperio Austro-Húngaro llevaba varias décadas en proceso de franca e inevitable desintegración, pues Maximiliano se tuvo que regresar de Italia debido a que las tropas del emperador francés Napoleón III “El Pequeño”, invadieron este país liberando a las dos Sicilias y al reino de Nápoles y, en Europa central, su hermano Francisco José I, perdía los territorios de Hungría y Prusia, que se declararon Independientes bajo el protectorado del Imperio Napoleónico.
Maximiliano y Carlota ya habían conocido México y El Brasil, y tenían un profundo afecto por las culturas Tolteca, Azteca y Maya, por lo que, al momento de recibir a la llamada Junta de Notables Mexicanos formada por puros y exclusivos Conservadores Pro-Clericalistas católicose enemigos de la República y del presidente Benito Juárez, y que no representaban más que a los intereses de varios grupos de poder sujetos al clero católico, pero ¡nunca jamás representaron al pueblo mexicano!, fueron presa fácil de un encanto incontenible y, el día 10 de abril de 1864, firmaron en el Castillo de Miramar los famosos “Tratados de Miramar”, con la aprobación del Emperador Napoleón III “El Pequeño”, que era primo hermano de Carlota. Se comprometía a apoyar a Maximiliano para que aceptara la aventura de lograr instalar en América un Reino de la Casa de Austria, ligado y dirigido por el Imperio Francés, que miraba en esta ocasión la oportunidad de engrandecer el poder Napoleónico con territorios en América y luego seguir formando otros reinos en Centro y Sudamérica.
Jamás imaginaron los nobles monarcas europeos, que las promesas y juramentos, que las narraciones y leyendas que les contaron los ‘notables mexicanos’ que les ofrecieron la Corona del Imperio Mexicano, solo eran puras mentiras bonitas y falsedades hipócritas, que luego los llevarían al fracaso y a la derrota, porque en verdad lo que pretendían solo era recuperar sus privilegios y propiedades que el gobierno de Juárez les había confiscado a nombre de la Nación, que se debatía en una lacerante miseria, víctima de la explotación irracional que sufría de su parte.
El 28 de mayo de 1864, desembarca en Veracruz la pareja real y el 12 de julio del mismo año, Maximiliano es Coronado Emperador de México, y es a partir de este momento que entra en conflicto con los de la misma Junta de Notables, pues otorgó nombramientos de Ministros a varios de sus peores enemigos que eran los Liberales, pues Maximiliano era de formación Liberal iniciado en los Augustos Misterios de la Franc-Masonería Universal Antigua y Aceptada, muy en boga por entonces.
El retiro del apoyo francés a su causa y las constantes derrotas de sus ejércitos, especialmente de parte del General mexicano Porfirio Díaz Mori, a quien Maximiliano reconoció como “El Napoleón de América”, llevaron a su derrota total y en tres ocasiones trató de abdicar pero no lo dejaron, en particular cuando estando en Orizaba, Veracruz, recibió una carta de su madre Sofía, en la que le decía que no lo quería ver regresar derrotado y prefería verlo muerto, y luego del sitio de Querétaro se entregó prisionero al Gral. Mariano Escobedo, que lo remitió a juicio y tuvo la oportunidad de salvar su vida porque las Logias Masónicas pidieron clemencia y le fue otorgada, solo que al preguntar cuál sería el destino de sus generales, le respondieron que “Ellos son Mexicanos y su sentencia sería El Paredón para ser pasados por las Armas por Traidores a la Patria”, entonces Maximiliano gritó eufórico: ¡Muero con ellos!, siendo por esto fusilado el 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas de Querétaro.










