Cultivar la esperanza: educar para y desde ello
Lilia Ma. Calderón/Las Margaritas, Chiapas. [email protected]
Cuando un organismo vive constantemente situaciones consideradas incontrolables, después de determinado tiempo desarrolla lo que algunos autores han llamado desesperanza aprendida; para el organismo, esta desesperanza tiene tres consecuencias: en primera instancia, disminuye la motivación del organismo a responder; en segundo lugar, el organismo desarrolla una orientación cognoscitiva negativa que le impide aprender respuestas adecuadas ante la situación, aún después de que las contingencias del refuerzo han sido alteradas de manera que la situación se ha hecho controlable; y, por último, produce desajustes emocionales que, en los seres humanos, toman generalmente la forma de desánimo, pesimismo, conformismo y poca movilización hacia el cambio de la situación.
Recientes investigaciones concluyen que las personas que sufren condiciones de desplazamiento, exclusión física y afectiva, violencia, desempleo, pobreza, son más susceptibles a la aparición, anidación e instalación de una mentalidad caracterizada por la indefensión aprendida; la falta de cualquier expectativa de mejorar su vida y la escasez de disposiciones y preparación para cualquier actividad productiva más allá de la supervivencia cotidiana, son razones y predisposiciones que afectan su motivación para el desarrollo de un proceso educativo que le puede proporcionar la oportunidad para romper el círculo de pobreza; esta motivación y acción se ven gravemente disminuidas, cuando existe desesperanza.
En este sentido, es necesario señalar que, en la cultura escolar, se encuentra comúnmente una disociación en aspectos como los afectivos, motivacionales y cognitivos, que afectan directamente el saber; se prioriza el desarrollo racional y cognitivo, se avanza hacia el analfabetismo emocional, se extraen y separan conceptos integrales como cuerpo-alma, hombre-naturaleza, individuo-sociedad, lo físico-psíquico, razón-emoción, entre otros.
En este sentido, se hace imprescindible el desarrollo de una ética que tenga como objetivo, mejorar las condiciones de existencia -materiales y espirituales- de los seres humanos. Una ética que lleve a la persona a pensarse como parte de un todo, en donde participa afectando y siendo afectada por ese mismo todo; en donde se desarrolle el auto reconocimiento como obra maestra de la evolución y por ende, la responsabilidad de la propia realización y la de todos, entendiendo ese “todos” en unidad con el par, el vecino, la naturaleza, el barrio, los otros seres vivos, la responsabilidad del propio cuidado; también, del cuidado por el otro.
Para ello resulta de suma importancia poseer responsabilidad de las propias potencialidades para cultivar en bien propio y colectivo, cuya herramienta principal es el amor y la empatía. La educación, como mediadora social, es el camino para que el individuo aprenda a conectarse no sólo con su intelecto sino con las emociones, los sentimientos, aprender a escuchar a los otros, a preservar la vida desde el amor, ¡A cultivar la esperanza!.










