Acoso sexual: relación entre virilidad y violencia simbólica

Lilia Ma. Calderón/Las Margaritas, Chiapas. [email protected]

La violencia simbólica es una forma de violencia particular, que actúa al margen de cualquier coacción física, resultando en una forma de poder ejercido directamente sobre el cuerpo y determinando las conductas de las personas. Este tipo de violencia se aplica en los patrones de género socialmente construidos, que entregan esquemas de comportamiento diferenciados para mujeres y hombres, basándose en los ya señalados supuestos biológicos incuestionables que parecieran remontarse al principio de los tiempos, por lo que se encuentran normalizados e invisibilizados por la sociedad.
La violencia simbólica se practica de manera inconsciente, traduciéndose en que también los dominados contribuyen a su propia dominación, a veces sin saberlo y otras a pesar suyo, al aceptar implícitamente los límites impuestos por los patrones de género. Lo anterior invita a cuestionar cómo se conjuga la violencia simbólica con el acoso sexual en el que se pone en juego la virilidad masculina, la cual es inseparable de la virilidad física, asociada a la fuerza y potencia sexual.
De lo masculino se espera y se realiza un énfasis en hacerse notar en lo público, porque a mayor dominación existe mayor virilidad. Sin embargo, en lo femenino existe un mandato tácito a repeler cualquier intento o forma de preponderancia en el espacio público, de lo contrario, se alteraría el orden natural de las cosas.
Las manifestaciones de la virilidad se sitúan en la lógica de la aventura, de la hazaña, que los glorifica y enaltece, acciones llevadas a cabo en el ámbito público, con el fin de reafirmar y mantener su estatus como grupo dominante. En contraposición, se adjudica a las mujeres un modo de comportarse acatando, limitándose a lo privado, no mirando a los ojos, hablando más bajo, aceptando interrupciones, no opinando.
Sin embargo, el privilegio masculino es una trampa y encuentra su contrapartida en la tensión y la contención permanente, a veces llevadas al absurdo, que impone en cada hombre el deber de afirmar en cualquier circunstancia su virilidad.
En el caso del acoso sexual no siempre se tiene por objetivo la posesión sexual, sino que puede funcionar como mera afirmación de la dominación. En otras palabras, las diversas manifestaciones del acoso sexual (miradas lascivas, sonidos, “piropos”, “agarrones”, entre otros) no tienen como fin concretar la posesión sexual, sino que es otro instrumento a lo que lo masculino puede apelar para demostrar a sus pares, que es más viril que ellos y que se encuentra en una posición dominante, que le permite realizar estas acciones de manera pública y con impunidad.

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