Prácticas de crianza: adolescencia
Lilia Ma. Calderón/Las Margaritas, Chiapas [email protected]
La internalización de valores que acompaña a todo individuo en el transcurso de su desarrollo, facilita que vaya absorbiendo criterios y valores, así como la cultura y el orden social, que emana de su entorno próximo-familiar y de las propias sociedades donde crece y se desarrolla. En este proceso, las prácticas de crianza llegan a ocupar un papel fundamental, ya que contribuyen a inculcar valores y normas que conducen al niño a ser considerado un adulto socialmente integrado en un futuro próximo.
El proceso de internalización de valores y normas, se produce en un contexto donde la interacción de las vivencias sociales de la prole con los padres o con los iguales, va unida a los procesos de construcción activa, de unos y otros, ante las mismas situaciones vividas. El resultado provoca reacciones y respuestas amplias y variadas que dependen de las diversas experiencias y, a su vez, los estilos educativos se adaptan a la personalidad de los hijos y a las mismas experiencias.
En este sentido, son cruciales las relaciones tanto con la madre como con el padre, así como la implicación de ambos padres en la crianza, la disponibilidad y el grado de apoyo que percibe el adolescente y, en general, el predominio de una buena comunicación, para un buen apoyo instrumental y emocional de ambos padres. Así pues, los padres que transmiten apoyo y afecto a sus hijos, desarrollan la comunicación en el ámbito familiar, establecen normas familiares y el cumplimiento de las mismas utilizando el razonamiento inductivo como técnica de disciplina, educan con mayor probabilidad hijos sociables, cooperativos y autónomos. Asentar las bases educativas sobre la disciplina inductiva, estimula a comprender hasta dónde se puede llegar y desde dónde se están transgrediendo las normas. Además, se asocia a una mayor competencia y madurez moral en el niño.
En la misma línea se ha demostrado que factores temperamentales, como la emocionalidad de los hijos, llegan a mediar en la calidad de la expresividad positiva que los padres ofrecen. Dicha expresividad puede ser positiva si demuestra admiración y/o gratitud por un favor, como valoración positiva del hijo; o negativa si incluye expresiones de ira y hostilidad. Es la expresividad positiva la que predice la respuesta empática en los hijos, que incluye tanto una respuesta emocional, como una capacidad para ponerse en el lugar del otro.
Así, los padres que expresan altos niveles de emoción positiva y discuten estas emociones, ayudan a sus hijos a experimentar y comprender dichas emociones; por tanto, las relaciones positivas padres-hijos, están asociadas con niveles más altos de internalización, conciencia y empatía.










