Búsqueda y afirmación de su propio yo: identidad

Lilia Ma. Calderón/Las Margaritas, Chiapas [email protected]

Uno de los elementos principales de la experiencia de ser joven, es sobreponerse al anonimato de las grandes urbes, dejar huella, ser reconocido en su existencia. Es decir: poder reconocerse como sujeto, tener una identidad.

En este buscar identidades o puntos de referencia, los y las jóvenes se ven sometidos a tensiones y contradicciones que los sitúan, en algunos casos, en puntos críticos de su construcción de identidad. La diferencia o abismo que existe entre sus aspiraciones y sus posibilidades. Ante esta tensión entre experiencia y expectativas,  es probable que adopten también posturas defensivas y traten de prolongar el campo de experiencia, es decir, la vida de cada día; campo que, por lo demás, se puede definir como de experticia para cada uno de los involucrados, puesto que en él construyen sus saberes y estrategias cotidianas para mejorar su calidad de vida, de acuerdo a sus propios parámetros de convivencia y estatus, los que casi siempre no coinciden con los de la sociedad adulta.

Ahora bien, en este proceso que se ha descrito -de búsqueda y de afirmación de su propio yo- el joven abandona a su familia, el grupo inicial de referencia, por otro que está fuera de su hogar, que se constituye a partir de otros que, como él o ella, se encuentran en la intemperie, a la caza de elementos y rostros que les dé una identidad, es decir: una seguridad mínima sobre la cual armar su propia visión de los que son y lo que desean ser. La identidad personal, paradójicamente, se edifica a partir de conocer y reconocerse en otros, es decir se exalta la sociabilidad juvenil y las culturas juveniles.

El pertenecer a una determinada tribu le permitirá pensar de una manera, vestir de una forma determinada y, actuar según el resto del grupo. El yo individual se sustituye por un yo colectivo; así, el adolescente busca fuera en el grupo lo que no puede configurar interiormente y, una vez instalado psicológicamente en la colectividad, se sentirá seguro. Esta identidad tribal se organizará en torno a unas coordenadas de espacio y de tiempo, dentro de las cuales los miembros del grupo manifiestan y desarrollan una cultura propia y diferencial: lenguaje, símbolos, rituales y ceremonias.

Y es precisamente en este anclaje particular, en símbolos estéticos, donde se configura la idea de tribu urbana. Aparece, también, la idea de la defensa de valores (propios del grupo) y un territorio exclusivo, que le pertenece a éste.

En este último punto, es posible distinguir cierto grado de violencia física y simbólica, que va a depender de la tribu de la que se forme parte. En este marco, en que parece moverse la reflexión sobre las tribus, queda claro que, en ellas, los jóvenes pueden encontrar respuestas provisorias a sus necesidades existenciales y afectivas; por lo que son, en cierto modo, necesarias para alcanzar una mejor inserción funcional en la sociedad.

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