La capacidad de sustituir la emotividad por la racionalidad: tendencia occidental
Lilia Ma. Calderón/Las Margaritas, Chiapas [email protected]
Una de las exigencias en la que más insisten los educadores cuando afrontan la educación en medios, es la de formar a los ciudadanos en el sentido crítico. Se da por sentado que dicho sentido comporta un cambio sustancial en la manera de ser espectador, y se sobreentiende que tal cambio se manifiesta sobre todo en la capacidad de utilizar la reflexión donde antes había emoción; es decir, en la capacidad de sustituir la emotividad por la racionalidad.
En una cultura como la occidental, caracterizada por la tendencia a sobredimensionar la racionalidad y la conciencia y, a su vez, por extremar las reticencias ante las emociones y el inconsciente, es lógico que abunden las restricciones ante unos medios de masas audiovisuales que se caracterizan por su incidencia en la emotividad y en el inconsciente. Y que, si acaba por aceptarse la necesidad de una educación en medios, sea precisamente para conseguir que se impongan la racionalidad y la conciencia donde antes reinaban la emotividad y el inconsciente.
El papel que se ha atribuido a las emociones en la cultura occidental, ha variado mucho a lo largo de los siglos. En las últimas décadas, desde el momento en que el cognitivismo se convirtió en el sistema dominante para explicar los procesos mentales, las emociones comenzaron a ser marginadas.
En una fase posterior, los teóricos del cognitivismo empezaron a prestar atención a las emociones, pero para someterlas al dictado de la racionalidad, considerándolas como un simple apéndice de la mente racional. Las emociones fueron redefinidas como procesos cognitivos fríos, desprovistos de todo contenido pasional. Para el cognitivista, una emoción no se diferenciaba de un acto de cognición: las emociones eran sólo pensamientos sobre las situaciones.
Algo similar ocurrió con el inconsciente. Resulta curioso, porque fueron los cognitivistas los que acuñaron el concepto de inconsciente cognitivo, para indicar que una gran parte de la actividad de la mente, se produce fuera del alcance de la conciencia. Pero obviaron y en muchos casos, rechazaron el inconsciente freudiano o dinámico, entendido como depósito de las pulsiones originarias, instintivas y de las pulsiones reprimidas no accesibles a la conciencia.
Las cosas comenzaron a cambiar. Hoy se sabe por la neurobiología, que las emociones y el inconsciente tienen un peso excepcional en la mayor parte de las decisiones y de las creencias humanas. Los neurobiólogos hablan hoy explícitamente de las lastimosas consecuencias que se derivan del tratamiento que la teoría cognitivista ha hecho de las emociones y del inconsciente.










