Hipermodernidad: la cultura como mundo y mercado
Lilia Ma. Calderón/Las Margaritas, Chiapas [email protected]
En las últimas dos o tres décadas ha aparecido un nuevo régimen cultural: el de la hipermodernidad; el cual se ha constituido en el horizonte de las sociedades actuales en la época de la globalización, una cultura en donde ya no tienen sentido las oposiciones entre alta cultura/subcultura, cultura antropológica/cultura estética, cultura material/cultura ideológica, sino una constelación planetaria en la que se cruzan cultura tecnocientífica, cultura de mercado, cultura del individuo, cultura mediática, cultura de las redes, cultura ecologista: polos que articulan las estructuras elementales de la cultura-mundo.
El universo en el que se desenvuelve este nuevo modelo es el de la hipertrofia del consumismo, en un espacio-tiempo mundial en el que conviven las tendencias homogeneizadoras con la búsqueda activa de diferenciación, donde uniformización globalitaria y fragmentación cultural van de la mano. La consecuencia de todo esto, es una profunda y extensa desorientación cultural, una inseguridad e inestabilidad estructurales y crónicas, un mundo intensamente ansiógeno y depresivo.
Este fenómeno es consecuencia, entre otros factores, de la disolución de los referentes colectivos que hasta hace poco tiempo organizaban la visión del porvenir. El desconcierto no surge de la ausencia, sino de lo hiper, en un capitalismo absoluto en que todo prolifera y es competitivo, donde hay que ser cada vez más modernos y reactivos, estar más informados y ser más eficaces. Sin embargo, la cultura adquiere una importancia y una centralidad inéditas, tanto en la vida económica como en el debate social.
Tres fenómenos explican la fortaleza de los problemas culturales en la era hipermoderna: el formidable crecimiento de la dimensión económica de la cultura; la dignificación y la igualación democrática de los contenidos más heterogéneos; y la politización y conflictivización creciente de la cultura, a veces hasta extremos trágicos, como reflejan los fundamentalismos y nacionalismos exacerbados.
No se trata ya de cambiar el mundo como de civilizar la cultura-mundo, implicando en ello los necesarios compromisos políticos, pero también los recursos infinitos de la sociedad civil. La cultura como mundo y mercado se visualiza desde cuatro polos estructuradores que configuran la fisonomía de los nuevos tiempos: el hipercapitalismo, fuerza motriz de la mundialización económica; la hipertecnificación, grado superlativo de la universalidad técnica moderna; el hiperindividualismo, que materializa la espiral del átomo individual ya liberado de las ataduras comunitarias a la antigua; y el hiperconsumo, forma hipertrofiada y exponencial del hedonismo comercial.










