Titulat

Lilia Ma. Calderón/Las Margaritas, Chiapas. [email protected]

Asumir la afectividad como núcleo del sujeto, exige una mirada detenida. Es necesario retomar y hacer referencia a algunos enunciamientos parciales, derivados de las tres subdimensiones de la misma: las emociones, los sentimientos y el ánimo. Dichas conclusiones parciales, son:

* De la afectividad emerge la conciencia de sí y del devenir, pues es el flujo mismo de la vitalidad que aporta a la personalidad su unidad y la vivencia de la propia continuidad. A partir de la afectividad, por procesos de diferenciación y organización, son posibles la acción y la razón (el conocimiento).

* El ánimo es el núcleo de la afectividad y está tejido con los sentimientos y las emociones, influyéndose mutuamente.

* Las emociones pueden condicionarse y manipularse, a voluntad de quien las condiciona.

* Los sentimientos pueden ser objeto de educación en tanto son procesos psicológicos superiores, que se entreveran, en la voluntad, con el pensamiento abstracto. Los proyectos personales o compartidos, viabilizan el desarrollo de los sentimientos.

* Para acceder al ánimo con propósitos pedagógicos se requiere del discernimiento, el cual permitirá distinguir emociones de sentimientos y reconocer el fondo afectivo de la vida, la esencia misma del existir humano y por tanto, requiere de la formación integral.

Actualmente se debe creer en el hecho de que la persona sea sujeto de sí mismo y autor de su propio desarrollo, esperanza que hace que el sujeto no sea fácil de domesticar. En pocas palabras, la pedagogía de los afectos debe dirigirse a que todo ser humano alcance en su desarrollo, la autonomía necesaria para discernir sus emociones y hacerse cargo de su administración, de acuerdo con los valores y creencias que ha adoptado en acción comunicativa con su colectividad, subsumiéndolas a los sentimientos y orientándolas de acuerdo con el ánimo que ilumina los proyectos de vida. Por supuesto, ello presume que la pedagogía de las emociones respete los ritmos y todas las demás diferencias individuales, de modo que cada cual pueda expresar su propia singularidad.

Sólo un medio amoroso que respete las diferencias y tolere las idiosincrasias, podrá permitir el desarrollo, hasta donde pueda darse en cada caso, de la autonomía y del discernimiento. La posmodernidad reclama la revisión a fondo y la transformación profunda de la educación mecanicista y reduccionista de las emociones, propia de la racionalidad instrumental. Los humanos de la posmodernidad, claman por el amor honesto y decidido, por el cual gustosamente darían sus vidas voluntariamente, por el cual gastarían sus vidas auténticamente en la realización de proyectos individuales o compartidos que aporten dirección, que otorguen sentido, que permitan orientar las acciones.

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