La Batalla del 21 de octubre de 1863 en Chiapa de Corzo

Hernán León Velasco
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas
Aquel día de octubre en Chiapa de Corzo, el cielo pareció oscurecerse no por las nubes, sino por la sombra de un imperio extranjero que pretendía arrancar de raíz la libertad de una nación. Corría el año de 1863, en pleno corazón de la intervención francesa, cuando Benito Juárez, con la frente alta pero el corazón lleno de incertidumbre, lideraba a un México asediado, donde el trono de Maximiliano de Habsburgo se cernía como una amenaza sobre los cimientos republicanos.
En las orillas del Grijalva, un grupo de chiapanecos republicanos, que apenas podían reconocerse entre el polvo y el sol, se enfrentaron a las tropas conservadoras e invasoras. No fue una batalla cualquiera, ni un enfrentamiento más en la larga cadena de resistencias que el país había forjado. No. En Chiapas, tierra fértil y salvaje, se alzaba el espíritu indómito de un pueblo decidido a no ceder ante la opresión. Aquella contienda no era solo la defensa de un pedazo de tierra, era el eco de la libertad resonando en cada rincón de la patria.
Entre el estruendo de los fusiles y el relincho de los caballos, la figura de Ángel Albino Corzo emergió como una tormenta en pleno día. Héroe de la batalla y defensor incansable de la República, Corzo encabezó la resistencia chiapaneca con una valentía que solo poseen aquellos que saben que su lucha trasciende su tiempo. Oriundo de aquellas mismas tierras, Corzo, con la fuerza de la convicción y la mirada puesta en el horizonte, lideró a sus hombres para que el estandarte de Juárez y la soberanía de México no cayeran bajo el yugo de un emperador extranjero. Fue más que un guerrero: fue el símbolo de la lucha eterna por la justicia y la libertad. En su honor, su nombre quedó perpetuado, no solo en la memoria de los que vivieron para contar la historia, sino también en un municipio que lleva su nombre como testimonio de su grandeza.
Pero los ecos de esa gesta heroica no se detuvieron con el paso del tiempo. Muchos años después, en Villacorzo, en el rumor del río y el fragor del viento, seguían narrando los mismos hechos. Fue entonces cuando Galileo Cruz Robles (1887-1976), poeta épico y médico rural, decidió eternizarlos en las páginas de un poema monumental. En sus más de 500 páginas, Cruz Robles tejió, verso a verso, la epopeya de la batalla del 21 de octubre, mientras recorría a caballo los caminos de su Chiapas, visitando a sus pacientes a caballo, en los poblados más remotos. Como un hombre dividido entre dos amores -la medicina y la poesía-, Galileo Cruz escribió no solo con la pluma, sino con el alma de un testigo silencioso de la historia.
Y no solo él. Su hijo, Fausto Cruz Padrón (1930-2019), heredó el mismo fuego creativo, prolongando con sus propias palabras el legado épico que su padre había comenzado. Juntos, ambos poetas se convirtieron en los guardianes de la memoria colectiva, en los cantores de una tierra que ha sabido resistir con las armas y con las palabras, y que aún hoy late con la fuerza de sus versos.

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