La Britney que Aristóteles no vio venir: Por qué la filosofía siempre fue un reality show con mujeres

Perita Cernas / Diario de Chiapas

A ver, ubiquémonos. Si cerramos los ojos e imaginamos a un “pensador”, el noventa y ocho por ciento de nosotros va a visualizar a un señor señorón con barba de chivo, probablemente griego, parado con una túnica como si fuera a entrar a una albercada, pero en realidad está reflexionando sobre el Ser y el Nada. Y está increíble, o sea, se le agradece el esfuerzo a Platón. Pero hay una trampa arquitectónica gigante en cómo nos contaron esta historia. La filosofía tradicional nos la vendieron como un edificio racionalista, súper frío, minimalista, estilo casa de arquitecto de las Lomas donde no puedes poner ni una taza de café porque rompes la “estética del espacio”.

Pero la filosofía no es una estatua de mármol tiesa; la filosofía es Britney Spears en 2007 rapándose la cabeza frente a las cámaras. Es el colapso de la narrativa impuesta, la rebelión contra el control absoluto y la búsqueda desmesurada de libertad. La vida real no es un render perfecto; es un departamento en la Roma Sur lleno de cosas, de textura, de emoción, de caos y de tutelas legales injustas de las que hay que liberarse. Y ahí es donde entran las morras.

Históricamente, nos hicieron creer que las mujeres no estaban en la filosofía porque “estaban ocupadas en lo privado”. Pero mi teoría del color y del espacio nos dice otra cosa: las mujeres no estaban fuera del mapa, eran la cimentación que nadie quería pintar porque no se veía bonita en las fotos de la época. Mientras los señores discutían si el mundo estaba hecho de agua o de fuego (spoiler: de ninguno de los dos, amigos), Sor Juana Inés de la Cruz estaba en su celda haciendo la jugada más astronómica del pensamiento hispanoamericano. Sor Juana literalmente dijo: “Si no me dejan estudiar la teología de los señores, voy a filosofar mientras cocino”. Y pum, descubrió que la física de un huevo friéndose en un sartén tiene más verdad empírica que diez tomos de escolástica. Eso no es solo pensamiento, eso es diseño de interiores conceptual. Es habitar la realidad desde el detalle.

Luego nos brincamos un par de siglos y llega Hannah Arendt a decirnos que la política no es una teoría abstracta que flotó desde el Olimpo, sino lo que pasa cuando nos juntamos los humanos a hablar en la plaza pública. Arendt agarró la condición humana y le puso un espejo enfrente a la sociedad para enseñarnos la violencia del control. Es exactamente lo mismo que vivió Britney con el movimiento #FreeBritney: una masa crítica de personas cuestionando la estructura de poder, el consentimiento y quién tiene el derecho de definir la “cordura” de una persona.

El problema de cómo se estructuró la filosofía académica durante siglos es que funcionó como un feed con un filtro súper plano: solo dejaba pasar lo que se pudiera medir con lógica matemática estricta, descartando la empatía, el cuerpo, el cuidado y las emociones. Y oigan, qué flojera de feed. Las pensadoras contemporáneas —desde Simone de Beauvoir hasta Judith Butler o María Zambrano— llegaron a redecorar todo el cuarto. Metieron el cuerpo, la identidad, la vulnerabilidad y el lenguaje al centro de la conversación. Nos enseñaron que el cuerpo no es una nave espacial que transporta a nuestro cerebro; el cuerpo es donde sucede el pensamiento y la resistencia.

Decir que las mujeres son importantes para la filosofía no es un tema de cuota de género ni de “quedar bien” con el algoritmo. Es que sin la visión de las mujeres, la filosofía está incompleta, como una paleta de colores a la que le quitas el magenta y el amarillo: te queda una cosa gris, triste, sin volumen. La filosofía no es un monólogo de un señor sabio sobre una montaña; es una conversación masiva, un pop iconoclasta donde todas las voces importan para entender qué carajos hacemos aquí parados en este planeta. Y la verdad, ya era hora de que las morras tomaran el micrófono principal.

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