‘La Cherry’, de Ingrid Heinz Camacho

Jorge Éver González Domínguez/Chiapa de Corzo, Chiapas

Qué tiene la Cherry -pregunta el Johnny- que andaba que se moría de ganas de salir y preguntarle de frente y de tenerla más cerca nomás. Le picaban las ansias y el revólver que traía atorado en el pantalón. Los dos querían salir, pero más él que el revólver.

Pos no sé, le contestó la tía, que como lo veía dando vueltas como perro angustiado a ladito de la ventana le dijo para calmarle la urgencia al pobrecito: Mejor ve a preguntarle allá afuera, a ver qué te dice.

¿Será?, le contestó el Johnny, haciéndose el pendejo para dizque disimular con la tía. Pero el Johnny es bien evidente y apesta a desesperado. Y aunque no se le notara, se le olvida que la tía es medio adivina y cuando se trata de desesperación lo sabe todito y nunca se le ha sabido una sola falla en sus predicciones. Y así como es de sabia, le dice al Johnny lo que quiere escuchar: No. Mejor ¿sabes qué? Ni te le vayas a acercar porque ha estado bravísima desde la mañana. Está pero que se la lleva la chingada y si le vas hablar, contigo se va desquitar. Mejor pásame la sal que está ahí arriba. La tía le señaló el salero y el Johnny se sale en chinga, ya motivado para ir a hacer lo que nomás le están diciendo que no haga. Pero antes que se le cierre la puerta atrás de él, se regresa corriendo y le pasa la sal a la tía.

 Ahí está, tía.

¡Chamacos pendejos!, se carcajea la tía desde la cocina. El Johnny todavía la escucha, pero igual le vale madres porque ya está fuera, más pa’ allá que pa’ acá.

Ya frente de la Cherry pone una sonrisota y busca con la mano algo en la bolsa de su camisa. Pero la Cherry no cambia su cara de encabronada y cuando el Johnny le agarra la mano para ponerle el anillito que se acababa de sacar de la bolsa, ella sólo le dice que esa chingadera está bien culera.

¿De dónde la sacaste?

La robé de la tienda de las Güeras.

Pos te dejaron robarles, porque esas viejas no se dejan chingar así nomás.

Pues es que le caigo bien a las Güeras, por eso hicieron como que no me vieron.

Pos si se llevan tan chingón, mejor ve a regalarle anillos a ellas.

El Johnny respiró profundo y se sentó en esa mesa vieja de lado de ella.

A la Cherry le gustaban los anillos más que las cerezas. Ese día llevaba ocho puestos en la mano derecha, el que le acaba de poner el Johnny en la mano izquierda era una carita feliz de oro. Pero ella nomás se lo quitó y lo aventó por arriba de la malla para afuera del patio.

Es bien difícil estar contigo, dijo el Johnny bajándose de la mesa de un saltito y le agarró la mano, le puso un beso donde ya no había anillo y le dijo: Voy a ir a traer esa chingadera y cuando regrese te lo vas a poner para siempre. Me voy a quedar aquí contigo, aunque ya no quieras.

Bueno -contestó ella con su vocecita de ojo de huracán- pero a la primera que te quieras ir, te disparo.

Bueno, le dijo el Johnny bien contento y le puso a ella la pistola en la mano.

Sobre la autora

Ingrid Heinz Camacho, nació en Tuxtla Gutiérrez. Escribe narrativa desde niña. La joven tiene el gusto por la lectura y la escritura gracias a la influencia materna. Pertenece al taller de creación Literaria de Uvel Vázquez. Pertenece también al laboratorio para narradores impartido por la escritora e investigadora Mariel Iribe Zenil. Prepara su primer libro de cuentos.

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