El gato capón
Marco A. Orozco Zuarth [email protected]
Primera de dos partes
Desde niño, Raúl quiso ser policía y lo fue: “Servicio Secreto”, decía su placa o charola. Pero él se lo contaba a todo el mundo. Pronto ya no fue secreto que Raúl era policía o “tira”. Para que ascendiera dentro de su corporación, necesitaba cursar cuando menos la preparatoria y allá por la mitad de los años sesenta fuimos compañeros en la prepa 5, la de “alfalfa, vacas y caca”, en la Ciudad de México.
-¿Qué tal? -me saludó-. Mi nombre es Raúl y soy del Servicio Secreto. Vamos a ser compañeros de grupo.
–Me llamo Enrique ¡Y eras del Servicio Secreto antes que me lo dijeras, yo soy muy argüendero! -se rió.
El tipo me cayó bien: se parecía a Manolo Muñoz, el cantante de Rocanrol. Usaba lentes de baja graduación y llamaba la atención que no se peinaba, y sus dientes eran un total desmadre (parecía haber tragado granos de nixtamal). ¡Unos miraban pa’ la izquierda y otros a la derecha! Yo comencé a decirle “Manolo” y le gustó -según él, así protegía su identidad secreta-, como Superman o Batman.
Manolo era inteligente, pero vago (como yo). Logramos una empatía que se esfumaba cuando me platicaba de su trabajo. No me agradaba escuchar los abusos que en la policía secreta perpetraban: tehuacanazos, ahogamientos, golpes que no dejan huella, toques eléctricos (eran muy creativos para torturar). Él dejaba de asistir a la escuela por temporadas y al volver había aprobado exámenes que nunca presentó. No era raro que llegara golpeado del rostro y hablaba de grandes combates donde sus rivales sacaron la peor parte. Una vez recibió un balazo en la nalga, comenzó a tejer una historia de valor increíble.
–Manolo -le dije-, el balazo lo recibiste en la nalga, ahí les dan a los que van huyendo.
Se desconcertó un momento y enseguida puso la mirada sonriente de mentiroso:
-No, güey, el balazo no me lo dieron los malosos, salió del arma de un compañero bizco de la retaguardia que disparó a lo pendejo.
Terminamos la prepa y no lo volví a ver hasta tres años después. Él estudiaba derecho, yo veterinaria en la UNAM. Nos encontramos en la terminal de camiones donde cientos de universitarios nos congregábamos para regresar a casa. Me dio gusto ver a mi amigo Raúl o Manolo. Lucía un elegante traje y al parecer los dentistas habían hecho talacha en sus dientes: ya estaban menos disparejos. No usaba anteojos y su bien peinado cabello lucía rayitos amarillos; parecía galán de telenovela de bajo presupuesto; sí, de las jodidas. Él me abrazó, era evidente que se depilaba las cejas y usaba un poco de maquillaje.
Continuará…










