La crónica hablará por Chiapas

La Posada Frailescana

Marco A. Orozco Zuarth. [email protected]

(Primera de dos partes)
Las posadas son una de las principales tradiciones mexicanas. Se iniciaron a principios de la época colonial para sustituir las celebraciones a Huitzilopochtli, el Dios de la Guerra. Pronto se extendieron y arraigaron en todo el territorio nacional, evolucionando y adquiriendo un particular toque en cada lugar.
La Navidad en Villaflores, Chiapas, era la época más esperada por la niñez. La alegría se desbordaba en esos días, especialmente durante las posadas, que generalmente comenzaban nueve días antes del 24 de diciembre, representando el tiempo de gestación del niño Jesús.
Independientemente de la tradición católica y sus manifestaciones, la convivencia durante las posadas era algo especial para los niños. Nos congregábamos amigos y primos para jugar antes de acompañar la procesión. Lo primero era quemar los “triquis” con verdadera emoción; esto correspondía a los mayores, mientras que los más pequeños observaban atentamente para aprender. Había verdaderos expertos que los hacían tronar con maestría, aunque no faltaba algún niño travieso que se quemaba por falta de pericia. Las mamás siempre advertían que tuviéramos cuidado, pero disfrutábamos de un buen margen de libertad en ese sentido.
Las niñas solo observaban, pues no se les permitía participar. Eran épocas en las que no sabíamos si eso era machismo, pero así estábamos acostumbrados y ellas tampoco lo intentaban. Salvo Cristina, que era muy “salida” y quería estar con nosotros en esos instantes. Para nosotros era un gusto que nos observara y presumíamos nuestras destrezas. Una vez le di uno y le enseñé cómo se quemaba con cuidado; después de lograrlo, se le quitó la curiosidad y ya no volvió a acercarse. Varios de nosotros quedamos intrigados, hasta cierto punto tristes, porque la niña era agradable y de “buen ver”. Estoy seguro de que la hubiéramos aceptado en la banda sin problema.
Otro momento especial era cuando se encendían las luces de bengala, que representaban la luz de Belén, pero que al prenderse generaban admiración en los niños. Esperábamos hasta el último momento, casi hasta quemarnos los dedos, para desecharlas y pedir otra.
Lo mismo pasaba con las velitas, que se encendían con el fuego de otra. También esperábamos a que se consumieran completamente. En algunas ocasiones nos quemábamos los dedos o las manos, pero eso formaba parte de la diversión.
Los cantos también eran para disfrutarse, pero con solemnidad y seriedad; especialmente el último párrafo:
“Entren, santos
peregrinos, peregrinos,
reciban este rincón,
que aunque es pobre la morada, la morada,
os la doy de corazón”.
A los niños nos gustaba mucho repetir con fuerza: “…peeeeerigrinos, peeeregrinos…” y “…la morada, la morada…”.
El recorrido era de cuatro cuadras; salíamos de la casa de los padrinos hasta la de mi tía Julieta, quien era la entusiasta organizadora. Ella fue maestra del kínder, el primero que hubo en Villaflores, por eso sabía cómo divertir a los niños y confeccionar manualidades. A pesar de su carácter fuerte, tal vez porque era “niña vieja”, en ocasiones como esa, se lucía…

Continuará.

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