La crónica hablará por Chiapas

La Posada Frailescana

Marco A. Orozco Zuarth. [email protected]

(Segunda y última parte)


Al abrirse la puerta de la casa, es decir, al “dar posada”, todos ingresaban ordenadamente; los padrinos iban al frente para depositar al niño Dios y sus ofrendas en un altar que había preparado previamente la tía. Luego comenzaban los rezos, bajo la conducción de una rezadora de oficio. Siempre nos parecían muy largos y aburridos, pero había que aguantar para poder disfrutar lo que seguía.
La tía Julieta tenía muchas pichanchas en el corredor y en su jardín, y para cada posada convertía una de ellas en piñata. El barro con que estaban hechas era tan sólido que costaba trabajo quebrarlas, así que cada uno de los participantes podía pasar tres veces hasta que finalmente se rompía. El contenido era principalmente de frutas como naranjas, limas, guayabas y manzanas, muy pocos dulces. Es decir, incluso en esos casos las golosinas eran sanas.
Después de la piñata, todos se sentaban en las sillas dispuestas alrededor del corredor para que se les sirviera agua de horchata, preparada en casa; galletas Marías con mermelada de fresa o leche condensada. No había pastelerías como ahora, así que para comer pastel había que encargárselo con varios días de anticipación a doña Flor, quien era la única que los hacía. Por lo tanto, comer pastel en aquellos tiempos era solo para ocasiones muy especiales, como ciertos cumpleaños, bautizos, primeras comuniones o bodas.
No podían faltar, además, las hojuelas hechas en casa con harina, huevo, azúcar, vinagre y sal, acompañadas de miel de panela.
Otra bebida que se ofrecía era la mistela, la cual siempre esperábamos los niños y que solo en esa ocasión se nos permitía probar. Mi tía Julieta la preparaba curtiendo nanches, mangos, jocotes, peras y manzanas con posh. Tenía guardadas unas copitas de cristal tipo tequileras que usaba solo en ocasiones como esa; no se utilizaban recipientes de plástico.
También se ofrecía rompope casero, hecho a base de huevo, leche, canela, vainilla, una pizca de bicarbonato y un chorrito de comiteco. Cuando me tocaba repartir la mistela o el rompope, aprovechaba para tomar hasta tres “caballitos”, obvio, disimuladamente y sin llegar a emborracharme.
Esos momentos eran una verdadera convivencia entre vecinos, familiares y amigos, quienes platicaban sobre todo lo ocurrido en el año. De fondo se escuchaba la música de marimba, que mi tía ponía en su tocadiscos color rojo de la marca Philco, en discos LP de Peña Ríos, Hugo Reyes, la Lira de San Cristóbal y otros.
La tarde-noche era inolvidable; todos quedábamos felices. Luego esperábamos los nueve días para celebrar el 24 el nacimiento de Jesús. Durante esos días, solíamos salir a pedir posada a las casas vecinas, donde nos regalaban frutas y algunos dulces.
Era una sana diversión disfrutando de las tradiciones; nunca conocimos a Santa Claus, ni nos intoxicábamos de tantos dulces. Fueron vivencias que, aún hoy, después de varias décadas, seguimos recordando.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *