La crónica hablará por Chiapas

Maestros en Blanco y Negro

Marco A. Orozco Zuarth. [email protected]

Con motivo del Día del Maestro, la semana pasada circuló en las redes sociales una fotografía histórica de un grupo de maestros muy queridos y recordados por cientos de exalumnos que aún hoy los llevamos en la memoria. Fue como si, de pronto, el tiempo se abriera en dos y nos permitiera asomarnos a aquellos días en los que la escuela no solo era un edificio, sino un universo de descubrimientos, disciplina, juegos y aprendizajes imborrables.
Era la Escuela Primaria Ángel Pola Moreno, en Villaflores, Chiapas. La imagen retrata a esos formadores de carácter y conciencia, con la dignidad del magisterio reflejada en el porte y la mirada. Eran más mujeres que hombres y cada uno de ellos representa una historia que habita en nosotros. En ese retrato del recuerdo están: el maestro Alfonsito Ruíz, con su paso sereno y palabras exactas; el maestro Gilberto, a quien todos conocían como “el tasajo”, con su carácter singular y enseñanzas firmes; la maestra Lesbia Muñoz, que escribía con tiza pero sembraba con el alma; la maestra Olga Escobar, de quien aún se recuerda la disciplina al explicar y la rectitud al exigir; el maestro Carmona, voz de historia viva; el maestro Granados, con sus cuadernos impecables y su mirada profunda; y Mario Abadía, faro de sabiduría y paciencia.
Los buenos recuerdos y comentarios brotaron con fuerza entre quienes compartimos aquellas aulas. Berlán Torija revivió anécdotas como si apenas hubieran sucedido ayer. Galileo de Coss recordó palabras que marcaron su rumbo. José Francisco Ruíz y Chary Gumeta, compartieron esa mezcla de gratitud y nostalgia que nace del afecto sincero. Villermán Ruíz aportó detalles que solo los alumnos atentos conservan. Mi primo Jorge Antonio Zuarth Ozuna y mi hermano Jorge Antonio, también revivieron con emoción aquellos días en que los libros olían a descubrimiento y el pizarrón era un portal al mundo.
Esa imagen nos recordó que hay maestras y maestros que dejan una huella imborrable. No solo por lo que enseñaron, sino por cómo nos miraron, cómo nos hablaron, cómo creyeron en nosotros antes de que nosotros mismos supiéramos quiénes éramos.
El tiempo ha pasado, pero en cada palabra bien escrita, en cada decisión justa, en cada gesto de bondad, hay una semilla que ellos sembraron. Y esa fotografía, que parecía dormida en algún cajón o álbum olvidado, hoy vuelve a latir como un corazón colectivo. Porque recordar a quienes nos formaron, es también agradecer con la memoria y seguir honrando con la vida sus lecciones más profundas.

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