La cronica hablara por chiapas

Donde la familia ilumina el invierno


Marco A. Orozco Zuarth. / [email protected]

En las noches de diciembre

la ciudad respira un ritmo antiguo.

Camino entre luces que no celebran,

sino recuerdan

que alguna vez miramos el mundo

con los ojos abiertos del todo,

buscando una señal

para nombrar el asombro.

Las posadas regresan

no como costumbre,

sino como gesto:

puertas que ceden,

voces que se entrelazan,

el pan que pasa de mano en mano

y confirma

que aún sabemos encontrarnos.

La mesa reúne lo disperso.

La conversación traza un mapa

sin jerarquías:

quienes están,

quienes faltan,

quienes siguen acompañando

desde otra forma del tiempo

donde el frío no alcanza.

Vejez, juventud, infancia

comparten el mismo espacio.

En los rostros que amo descubro

que el año no fue estéril:

exigió,

probó,

insistió,

y aun así nos dejó aquí,

respirando juntos

sin urgencia.

La Navidad no irrumpe,

se aquieta.

Es una pausa clara

donde guardo los nombres

que deseo proteger.

Al alzar la copa

siento que la esperanza

encuentra lugar

sin forzarse.

Pienso entonces en el año que llega:

en sus páginas sin uso,

en la posibilidad de días habitables

donde la seguridad no sea anhelo,

sino suelo firme

al que podamos volver.

Me digo que quiero continuar:

construyendo,

creyendo,

reconociendo los logros mínimos

que sostienen lo que soy,

sobre todo

cuando miro a mi familia

y entiendo

que no avanzo solo.

Así, entre abrazos sin prisa

y sonidos que no reclaman atención,

recibo al tiempo que inicia.

Que traiga claridad,

aprendizaje,

caminos transitables

y la fuerza necesaria.

Lo recibo con la convicción

de que merecemos, al fin,

un año donde la alegría

no sea excepción,

sino forma de estar vivos.

© Marco Antonio Orozco Zuarth

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