“Escribir en este encierro: la pulsación del eco de Marlene Villatoro”
Marco A. Orozco Zuarth [email protected]
Fernando Corona
Ciudad de México
Tercera y última entrega
Debajo de esa consumación, todo está en su lugar en ese adentro engañoso. Se puede revisar lo que se tiene que cambiar, se ordenan papeles, pasan el viento y el eco apenas, las mañanas pueden ser nubladas como bostezos y las horas son pozos sin límites; el amor está lejos, se cierran los ojos y cantan los grillos, a lo lejos se ve un árbol, pero ante todo «imaginar es sentir los pies sobre la arena».
En la segunda parte, en el “Más allá del muro despiadado”, precedidos por un epígrafe de María Baranda donde el hombre nos atraviesa con su risa loca, «perdido en esta tierra», los versos nos llevan a una difusión de diferentes miedos desde el tiempo, con seres que gravitan e insectos que bailan. Y es que el libro de Marlene también posee una mínima zoología fundamental, fatídica más que fantástica: arañas, reptiles, pájaros… Parece anunciarnos un aire mítico que no solo está en la naturaleza, sino en los encierros (habitacionales y mentales).
En este contexto, el muro se transfigura como el lugar por excelencia de la multiplicación y del correr murmurante del aire que solloza, pero siempre con esperanza:
Sólo existe un espacio en la noche huérfana
donde murmura el viento
y más allá del muro despiadado
a la sombra del río una espiga se abre.
Desde ese muro y la ventana que ya se había anunciado, Marlene no quiere ver el mundo, rechaza el cristal, que es también –evidentemente- el de las pantallas. Y es que ahí se enrosca uno de los animales fatídicos convocados: «estamos en un tiempo impío de serpiente».
La obra poética que hoy presentamos y saludamos es una de contenidos simbólicos y alegóricos siempre, pues no sale de la dimensión de presagio y oráculo. Parece, como sucede con esas creaciones, que no están inmersas en un tiempo particular, sino que han tomado por asalto un tiempo cronológico para asumir las verdades y revelaciones, al unísono, del ser de todos los tiempos y de la condición eterna del ser. Ese poder le está consagrado y reservado al poeta y Marlene lo sabe y ejecuta.
En su entorno intemporal e inamovible, la autora dice estar
en una casa donde se fijan
las puertas que no han de abrirse,
confinamiento que no cesa en la clausura
entre ojos atisbando la ceguera de sombras
en la cicatriz abierta de la espina.
Marlene camina y habla sola (profeta y vate al fin). Siente un negro peso aturdirla. Se rebela contra la soledad de la distancia y no quiere (Casandra también a fin de cuentas) saber más de advertencias. Ve un intersticio, rodea la realidad que la aísla y se sume en las horas confinadas del silencio y en un laberinto de luces y de pájaros. Afronta un hoy que «es como si el sol no tuviera cielo».
Tiempo de pandemia nos sumerge, pues, en un ámbito de estampas e imágenes poéticas enclavadas en la memoralia de un signo, el de los tiempos que nos marcaron y que apenas nos dejan ver de qué forma. Seguirán los acontecimientos y los símbolos jugando en el tablero que somos y donde las fuerzas, divinas o cósmicas (¿son distintas?), nos reducen a la condición que siempre, sin remedio, ha de ser trágica. Dilema humano, dilema planetario y cósmico, crisis existencial y más allá que humana o espectral, este libro habla de cada uno de nosotros, de cada espacio y encuentro. Ahí somos. No dejen de verse en su espejo, lectores y escuchas…
Ciudad de México, octubre 17 de 2022.










