Crónicas mínimas de Tuxtla
(Fernán Pavía Farrera)
Marco A. Orozco Zuarth [email protected]
Fragmento
Nostalgia, soledad y tristeza me invaden una mañana de octubre de 1980; situado en silencioso altozano de “Alta Luz”, contemplo el explosivo ensanche que va sufriendo Tuxtla, al tiempo que desordenadamente van surgiendo recuerdos de otras mañanas ya lejanas, también de octubre, pero de 1930. Inolvidables días felices de despreocupada infancia donde van desfilando parientes y personajes ya idos, seres queridos ausentes, cuya presencia puede revivirse de vez en cuando, como antítesis de la arrolladora publicidad para las celebraciones comerciales y extranjerizadas del día de muertos.
La tan acelerada vida “moderna” apenas da tiempo para sobrellevarla y educar hijos, porque la memoria de los desaparecidos pesa y estorba al materialismo puro. Reprimendas de padres y abuelos, bondad de incontables tíos y tías, pues todos en el pueblo lo son, complicidad de primos y amigos, dedicación de maestros.
Paseos sabatinos al chorro del Zapotal para saborear la dulzura del zapote blanco “matasanos” o conseguir juntar suficiente cantidad de “leche de hojas de chicozapote, para batirla con el tallo hasta “cuajar” fracción de chicle que llama salivación y humedece la sequedad bucal. Siguiendo por el sendero más hacia arriba, llegar hasta la arreglada “alberca natural” de Cerro Hueco y nadar en generoso y revivificante “jacuzzi” selvático, que hace olvidar el cansancio y sudor por el ascenso a pié descalzo.
Porque en casa de pudientes, el servicio de agua entubada escasamente permitía baño semanal con jícara y una cubeta de agua, mientras el pueblo acudía a “Las Canoítas”, al Rodadero, al Socotumbac, al Potinaspac y al Sabinal, para acarrear agua mediante cántaros las muchachas o dos latas al hombro de los aguadores. A mediados del mes de octubre, término de la temporada de lluvias, el Sabinal o Pishtimbac del soque, ofrecía el agua clara, limpia, de dos hermosas pozas: la Enladrillada y la del Cura. La “temporada de baños” en arroyos se prolongaba hasta las calurosas tardes de los meses de abril y mayo, pero solamente acudían escolapios, porque a las niñas y a los adultos les estaba vetado exhibir su desnudez.
Algunos adultos y funcionarios de gobierno vestían por la mañana ternos de dril y por la noche o en festividades, casimir inglés oscuro, camisas de cuello almidonado, corbata negra de “moño” y la imprescindible leontina cruzando el abotonado chaleco, que de un extremo pendía “macuquina” de oro o “guardapelo” de la amada y del otro, reloj de tres tapas de oro, en el bolsillo alto; los bolsillos bajos del chaleco eran en realidad portamonedas.
Bombín de fieltro negro, sobrio bastón, así como zapatos “borceguí” de botones y polainas de fieltro, distinguían al elegante adulto mayor de Tuxtla. Las jovencitas vestían conservadoramente, para en el atardecer de jueves y domingos dar algunas vueltas al parque “Dr. Rodolfo Figueroa”, bajo la estricta vigilancia materna. Las damas raramente salían por las tardes y al anochecer especialmente en días domingo, glamourosamente lucían audaz peinado a la “garzón” con solitarios rizos y llamativos vestidos “flat crepée” con flecos a la moda “chemisse”, medias de seda, esclava en un tobillo y zapatillas de tacón. ¡Oh tiempos idos, tan deliciosamente cursis!










