Una nueva perla inédita, 20 de noviembre de 1542…
Krzysztof Sliwa Barranquilla, Atlántico, Colombia
(Segunda y
última entrega)
Tocante a la venta de El Quijote en el Perú, Manuel Ricardo Palma Carrillo (1833-1919) confirma en sus Tradiciones peruanas (1872) que el primer ejemplar de El Quijote apareció en el Orbe Nuevo en diciembre de 1605 en El Callao, como obsequio para el virrey del Reino del Perú, Gaspar de Zúñiga Acevedo y Velasco (1560-1606), presidente de la Real Audiencia de la Ciudad de los Reyes.
Empero, se ignora si Cervantes conocía el número y el precio de los ejemplares de El Quijote y de las demás obras suyas trasladadas a las Indias o a otras partes del mundo, tómese de ejemplo a Filipinas y, ante todo, a San Felipe de Portobelo, Panamá, ciudad fundada en honor de Felipe II (1527-1598), uno de los puertos más principales de exportación de plata de Nueva Granada.
De acuerdo con la prueba documental del 5 de junio de 1606 en la Ciudad de los Reyes, el mercader Miguel Méndez recibió de Juan de Sarriá, el Mozo, 45 cajas de libros, entre las que se hallaron 72 ejemplares de El Quijote, del cual el precio de cada ejemplar fue 24 reales (Archivo Nacional del Perú, Lima, 1606), y conforme al testimonio del 6 de junio de 1606 Miguel Méndez aceptó de Juan de Sarriá, hijo del librero Juan de Sarriá, de Alcalá de Henares, cerca de 500 volúmenes, de los que 9 fueron los ejemplares de El Quijote, que se deberían vender a 4 patacones, o sea, 32 reales, 8 reales más del precio de El Quijote, vendido en Lima (A. Miró Quesada, «Cervantes y el Perú»).
Sin lugar a dudas, apoyándome en fuentes archivísticas de primera fila, a modo de ejemplo, en los registros de mercaderos de libros y los inventarios de bibliotecas, podemos concluir indiscutiblemente que la documentación fiable comprueba que las obras de la literatura española del Siglo de Oro encontraron un mercado extraordinario y próspero en el otro lado del Atlántico, en particular, entre los catedráticos, el clero, los letrados, los mercaderes, y la nobleza.
Lo cierto es que nos queda por llevar a cabo una investigación cualitativa, cuantitativa, honesta, rigurosa y seria para responder minuciosamente, inter alia, a las siguientes preguntas:
¿Cuáles fueron las piezas literarias de calidad para los lectores hispanoamericanos?
¿Cuáles fueron sus géneros más preferidos?
¿Cuáles fueron sus autores predilectos y qué valoraron de su obra?
¿Cuáles fueron sus modos de leer?
¿Cuáles escritores hispanoamericanos imitaron a los autores clásicos antiguos?
¿Qué beneficios prestaron en la formación lectora?
¿Qué influencia ejercieron en el desarrollo de la literatura de América Latina?;
y generar nuevos conocimientos científicos a fin de acercarse a la verdad sobre la difusión de la literatura -no solo española, del Siglo de Oro-, y la influencia del libro en Hispanoamérica, pilar clave en el desarrollo y el perfeccionamiento del español y de su expresión oral y escrita en las colonias del Nuevo Mundo, incluso la ortografía, la redacción y el vocabulario.
A pesar de todo, pongo énfasis en que una de las razones para que Miguel de Cervantes Saavedra deseara emigrar al Nuevo Continente, fue a mi entender, su interés en participar en la formación de un grupo de poetas renacentistas, la llamada Academia Antártica, reunida en Lima y conocida gracias a El Discurso en loor de la poesía, de Clarinda, integrado en la Primera parte del Parnaso Antártico de Obras Amatorias (Sevilla, 1608), del poeta sevillano y comerciante de libros Diego Mexía de Fernangil (1565-1634), a cuyos miembros desde México hasta Perú, inmortalizó en su obra maestra La Galatea: Diego de Aguilar y Córdova, Pedro de Alvarado, Juan de Ávalos y Ribera, Alonso de Estrada, Rodrigo Fernández de Pineda, Gonzalo Fernández de Sotomayor, Enrique Garcés, Diego Martínez de Ribera, Juan de Mestanza y Ribera, Pedro de Montes de Oca, Baltasar de Orena, Alonso Picado, Sancho de Ribera y Bravo de Lagunas, Juan de Salcedo Villandrando y Francisco de Terrazas, y a quienes se alude de este manera: «de la región antártica podría eternizar ingenios soberanos, que si riquezas hoy ostenta y cría, también entendimientos» (La Galatea).
En resumidas cuentas, felicito a nuestro distinguido profesor Pedro Manuel Guibovich Pérez por el brillante hallazgo de la nueva documentación cervantina y, sin la menor sombra de duda, esta joya documental debería estar puesta en circulación, rectificando así los grandes desaciertos en las enciclopedias, libros de enseñanza y revistas electrónicas. ¡Enhorabuena!
Krzysztof Sliwa










