José Natarén
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas
El pasado 27 de septiembre del año en curso, en el Patio Cívico del Palacio Municipal, el médico, poeta, humanista y filántropo Hernán León Velasco, recibió un reconocimiento especial que el Gobierno Municipal y la sociedad entregaron a través del maestro Alfredo Palacios Espinosa, Director General del Instituto Tuxtleco de Arte y Cultura. La ceremonia de entrega congregó a más de 150 invitados, entre ellos, los maestros Óscar Oliva, Javier Espinosa Mandujano, Sonia Quiñones, Petrona de la Cruz, Federico Álvarez del Toro, Jacinto Robles, Cleotilde Pastrana, Irma Pérez Luna, Margarita Aguilar, amigos del poeta y público en general. Aprovecho para compartir unos apuntes que hice en 2019 sobre nuestro muy admirado amigo:
Hablar de la poesía de Hernán León Velasco (Villaflores, Chiapas, 1960), significa, en el mejor de los sentidos, de un ejercicio escritural cuya máxima es la sencillez; además de la valentía para cifrar la voz de la colectividad frente a la injusticia y el compromiso con su entorno, para hacer habitable el mundo, mejor. Registro sabio y sencillo entre un alud de ejercicios neobarrocos, de reproducciones del lugar común -sean las loas al terruño o la tan celebrada y replicada industrialmente denuncia de la problemática social del país- el decir del poeta HLV se desplaza entre el canto fundacional, desde la lírica como en “Canek” y “Rostros del mar”, libros cuyos ejes son el arrobo amoroso y el asombro ante la implacable exuberancia de su tierra, la dimensión de lo sagrado advertido en la naturaleza, de la cual se percibe parte y centro, igual a todas las criaturas y las fuerzas, pero siempre otro con la exclusiva y terrible facultad de nombrar como el primer día del mundo. “Escribo porque lo pide el cuerpo; mera fisiología, tan natural como comer o dormir”, a decir del doctor León Velasco.
Hay otro aspecto de su producción literaria: el consejo, la prédica, la composición de -prácticamente- secuencias de aforismos, sentencias y bienaventuranzas de pronto acceso al lector común, de gran valor didáctico y con efectos inmediatos en el afecto de aquel que busque un punto de reflexión amena sobre los verosímiles temas de siempre: la vida, la muerte, el amor, la soledad, la esperanza, el coraje, la libertad… Se asume como el consejero de sí mismo y sin buscarlo, de quien lo lea. Me hace pensar por momentos en el oficio del autor de Eclesiastés y, claro, en Marco Aurelio, en ciertos preceptores latinos, en todos los sabios a los que pedimos consejo para vivir, para aprender a vivir.
El poeta, en tanto vidente, cumple su destino al guiar hacia el diestro sendero, hacia el equilibrio de la conducta, invita al temple de las pasiones, al compartir la experiencia que resuena en el andar de cada hombre que se asombra, cuestiona, celebra su propia red de relaciones con el mundo y con los otros. El poeta y médico, además, es un protector y benefactor en tanto atiende sin menoscabo y con la plena solidaridad, conciencia y sentido de responsabilidad, a cuanto artista se halle enfermo o en apuros de cualquier tipo, existencial o material. Un humanista como pocos en la historia de Chiapas. Mi afecto irrestricto y hondo agradecimiento por su conducta de excelencia al poner en oración los más altos valores de todas las sociedades en todos los tiempos.
¡Enhorabuena al poeta Hernán León Velasco, que nos dure cien años!










