Andy Nahui

He escuchado, en las repetidas manecillas del reloj,

el sonido de todas las veces

en que he leído aquella frase:

Para que nada nos separe,

que nada nos una.

Me gustaría creerte.

Me gustaría creer que lo que dices es verdad.

Pero me aterra pensar

que tus sentimientos sean tan reales

como las cuerdas de un instrumento,

tan reales como las huellas de tus dedos,

y que, aun así,

no hagas ni digas nada en absoluto.

Como si tus palabras fueran dispositivos inútiles,

condenadas a repetir,

repetir

y repetir.

Como el ciclo de vida de un animal,

como las raíces de una planta que duermen bajo la tierra,

como el viento que juega a ser galope,

como los te amo que nunca se pronuncian.

Como las miles de palabras que dices

y que nunca,

por más que las acomode,

consiguen encajar con tus acciones.

Me gustaría creerte.

Creerte como creo en la sábana blanca

impregnada del rojo de mis labios,

cuando jugaban con los tuyos

y dejaban sobre tu piel pequeñas marcas:

unas como tatuajes,

otras como lunares sobre el rostro.

Creerte como creí en aquel aroma

a carne perfumada

aún en mis labios,

aún en la memoria…

Ese aroma que ahora encuentro en todas partes

y que, al mismo tiempo, me repugna, lo aborrezco, y lo detesto…

No hay nada más cruel

que anhelar el olor de alguien

que nunca llegó a unirme a él.

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