Marco A. Orozco Zuarth [email protected]
Se llamaba Margarita Coronado Dávila, pero se le conocía como la “Señora de las tijeras”; todo un personaje de la ciudad de Tuxtla Gutiérrez. Nació en 1936 y falleció el 3 de junio del 2020, precisamente el día de su cumpleaños; por ello dicen que cumplió cabalmente su ciclo.
Una mujer muy trabajadora, desde los años ochenta vendía dulces y especias, solo que pasaba a las tiendas y exigía que le compraran sus mercancías.
También vendió triquis por Terán y “tokis” (un polvito para hacer agua de sabor). Su método de venta lo fue perfeccionando y así llegó a vender tijeras durante muchos años. Siempre rogando “compráme tijera” y hasta casi agredir a los que no le hacían caso.
En los últimos años se le veía por el Parque Jardín de la Marimba, vendiendo lápices y llaveros. Siempre con un vestidito sencillo y sus chanclas gastadas de pie de gallo.
La conocí personalmente en la Central Camionera de Corto Recorrido, ubicada en la Novena Sur, por el Mercado de los Ancianos. Constante llegaba a vender ahí. En una ocasión le dije:
- Tía, como que ya no le compran las tijeras, la gente ya tiene. ¿Por qué no mejor vende estos cuadernos para iluminar que yo hago en mi editorial?
- ¡No se venden!, contestó.
- Sí, se venden; haga la prueba.
- ¡No se venden!
- Mire, se los voy a dar a 3 pesos y usted los vende a 5.
- ¡No se venden!
- A ver, le voy a dar diez y cuando los venda me los paga.
- ¡No se vende!, volvió a decir; pero, con cierto enojo, tomó los cuadernos y se los llevó.
Así pasaron como diez años y cada vez que la veía y quería vender sus tijeras, le cobraba y me decía. - ¡No se venden!
En cierta ocasión, en la otra terminal, que está enfrente del Mercado de los Ancianos, estaba embarcando unas cajas de libros para Comitán, por Transportes Cuxtepeques; cuando alguien tocó mi espalda y me dijo: - Ten, aquí está tu paga, ten 15 pesos de los libritos, me dijo.
Quedé realmente sorprendido. Pensé en no recibir las tres monedas de cinco pesos y decirle que ya no me los pagara; pero la vi tan convencida y con la mirada profunda y enojada, que le dije: -“Gracias” y me queda debiendo otros quince pesos. Ella asintió y se fue arrastrando sus pasos a seguir con su actividad.
En esos momentos sentí una gran satisfacción, mucha más que si otras personas que aún me deben cantidades grandes de dinero me hubieran pagado.
Realmente fue un acto simbólico, de honradez, inolvidable.
Después se rehuía cada vez que la veía. No le gustaba que le tomara fotos, pero con el celular logré tomarle algunas, cuando se descuidaba.
Lo importante es que este personaje se ganó la fama y el respeto de los tuxtlecos, porque a pesar de su edad seguía trabajando con mucha dignidad y estoy seguro que esos quince pesos, tenía pensado pagármelos, lo tenía muy presente. No podía faltar a su palabra.
La “vende tijeras” como también se le conocía, era uno de esos personajes populares que con su presencia, singularidad y constancia pasan a formar parte del paisaje urbano y su imagen se fija en la conciencia colectiva.
Siempre con vestido y chanclas, limpia y muy digna, trabajando para ganarse la vida.
Extrañamos su presencia. Que en paz descanse, luz en su camino.










