Architectural Digest
Alejandro I. López
Cada 1 y 2 de noviembre, en México se recibe a los difuntos entre fiestas, flores y los sabores favoritos de aquellos que partieron y que recordamos todavía. El día de muertos es una tradición única que hace eco año tras año, sobre todo en estados como la Ciudad de México, Michoacán, Veracruz, Puebla, Campeche y Yucatán.
Con calaveras de azúcar, comidas que se prolongan durante toda la noche en el panteón, celebraciones que recuerdan su origen prehispánico y ofrendas donde el papel picado multicolor y el cempasúchil son protagonistas, el Día de Muertos es una celebración considerada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, que es motivo de admiración en todo el mundo.
En las regiones nahua, maya, zapoteca y mixteca como en toda Mesoamérica, la idea de que la muerte es un proceso natural que consiste en abandonar este plano terrenal y transitar hacia otra región del universo dio forma a distintas creencias y celebraciones.
A diferencia de la noción cristiana, las culturas prehispánicas consideraban que el destino último de cualquier persona después de la muerte no dependía de su moral y comportamientos, sino de la forma en que había fallecido.
En la cosmovisión nahua, los muertos por causas naturales iban al Mictlán: el inframundo y uno de los planos verticales del Universo compuesto por nueve dimensiones, las mismas que tenía que pasar cualquier difunto para llegar a su último destino. En la cultura maya, el Mictlán recibe el nombre de Xibalbá y en ambas es necesario cruzar un río subterráneo con un xoloitzcuintle, además de librar distintos niveles.










