Los sabores de la escena

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Detrás de las flores y dolores adultos, hay tétricas anécdotas de la infancia, que transforman los algodones de azúcar en sabores amargos. Magenta, como muchos de quienes espectamos su historia en “Algodón de azúcar”, ha bloqueado esos recuerdos en defensa propia, hasta ese momento en que el silencio se vuelve un constante juego macabro del que hay que hablar para salir de él.
La capacidad gestual y corporal de sus actores y actrices, aunado al admirable trabajo de escenografía, son el transporte inmejorable de este viaje al tiempo. Para quienes, como a mí, el exceso de estímulos visuales les genera desesperación, la van a experimentar, pero tiene sentido, los recuerdos son así, una saturación mental desesperante. Es una desromantización de la infancia, es hablar de los payasos a los que muchas niñas y niños le temen, y no precisamente los de narices rojas. Por supuesto, describir esto es dar crédito al sensible trabajo de dramaturgia y dirección de Gabriela Ochoa, qué bien lo hizo y qué gran equipo de trabajo. Hay muchas risas nerviosas entre el público, otras son escandalosas como la historia, nada es silencioso, todo cobra voz y melodía en vivo. Si acaso el final me parece lugar común: una mujer y un hombre, a manera de final feliz, pero para entonces toda la propuesta escénica nos llevará a cuestionar la felicidad, de manera que hasta el final es incierto. ¡Qué magia la del teatro de poder lleva al paladar, sin comestibles, los sabores amargos y los algodones de azúcar!

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