Migración y evidencia arqueológica

El Informador

Daniel Ruiz Cancino / Museo Regional de Guadalajara 

El desarrollo humano se vincula con los espacios que habitamos, que son fundamentales para nuestro progreso. Al inicio de la humanidad, la gente migraba de manera constante y era nómada. Organizada en grupos, establecía campamentos temporales que funcionaban como puntos de reunión, donde conseguían recursos para continuar su desplazamiento.

En esta etapa, el conocimiento de los diversos entornos naturales les facilitó adquirir los datos necesarios para cultivar plantas y descubrir cómo transformar la arcilla en recipientes cerámicos. Estos avances fueron cruciales para el surgimiento de poblaciones sedentarias. Los campamentos se transformaron en pueblos y luego en ciudades, lugares que concentran una amplia diversidad cultural.

La movilidad social se considera elemental para el crecimiento y avance de la humanidad. Las ciudades son un reflejo de esta realidad, por ser espacios donde conviven un gran número de personas, de las cuales pocas son originarias de ellas, y aquellas que piensan serlo, al rastrear su historia familiar, frecuentemente descubren que algún antepasado llegó a esa ciudad desde otro lugar.

La desconfianza actual que se manifiesta en las urbes hacia los inmigrantes es una forma de violencia sistémica y estructural, resultado de políticas de control que buscan negar lo que no se puede ocultar: la historia.

En nuestro país, diversas culturas se desarrollaron desde tiempos antiguos, originando grandes ciudades como Teuchitlán, en Jalisco; Tzintzuntzan, en Michoacán; La Quemada, en Zacatecas; Tenochtitlán, en la Ciudad de México y Teotihuacán, en el Estado de México, todas pertenecientes al territorio cultural mesoamericano.

Los descubrimientos arqueológicos muestran que la formación cultural precolonial está estrechamente relacionada con la movilidad social. Por ejemplo, las migraciones realizadas por uacúsechas y aztecas desde el norte del país terminan con la fundación de sus ciudades y su autodenominación como grupo.

Los primeros, como tarascos en Tzintzuntzan, y los segundos, como mexicas en Tenochtitlán. Ambas ciudades se establecieron en territorios ya habitados por una gran variedad de comunidades con las que establecieron alianzas y se unieron culturalmente.

En el caso de Teotihuacán, las excavaciones han determinado que la ciudad era multiétnica, en la que convivió gente de regiones como Veracruz, Oaxaca, Michoacán y otras. La ciudad estaba compuesta por cuatro distritos en 20 km, con barrios formados por conjuntos departamentales y viviendas multifamiliares, donde se estima que vivieron alrededor de 100 mil habitantes.

La arqueología demuestra que la migración es fundamental para establecer ciudades que se benefician de los conocimientos y habilidades de las personas, sin importar su procedencia.

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