Papel, tinta y verso…

Enrique Flores Amastal Ciudad de México

TODA UNA VIDA
Mis ojos miran en ti, lo que otros no ven,
pareciera ser que eres la mujer soñada,
aquella que entre neblina veo cada noche
sin poder saber si tú eres, bien a bien.
Nada es cierto dentro de lo casual,
porque de ser así, qué culpa tiene el momento
de franquearme la visión de tu cuerpo
si seguirás siendo ajena, como un desierto.
Ya en el ocaso de la vida
y al no encontrar huella de tus pasos
la ilusión muere, como si fuera el día,
o se oculta fugaz en otro continente.
He besado muchos labios,
he vivido el calor de muchos cuerpos,
pero aquel del que guardo memoria
ese, con tenacidad… no lo encuentro.
¡Acaso doblaré mi tiempo!
Lo guardaré en el espacio infinito,
dormiré un sueño impaciente
en tu búsqueda en otros reinos.
Así lo haré, pues el dulce cansancio
en el camino doblan las piernas,
buscaré la sombra de un abeto
para dormir, al fin, en silencio.

DESIERTO
Dialogar con los granos de arena,
contarles una historia humana,
novelar tu impaciencia, el dolor
que causa la distancia de los que amas,
es sembrar en lugares equivocados,
no hay más que viento, calor y tolvaneras,
pero la palabra no germina querencias
solo sinsabores, soledad, nada.
El deseo de un buen vino,
que humedezca la boca seca, agrietada,
mitigue los ayes de dolor a Dionisio,
el brindis en lugares solitarios,
donde la arena acompañe libaciones
y se danza a la vida a los placeres
y el cansancio y la muerte se asuma,
la nada.

Enrique Flores Amastal

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