¡Oh, Humanidad!
¡Oh, humanidad, cuanto sufrimiento!
Pocos son los que lo tienen todo,
lo acumulan y lo derrochan;
los demás carecen de lo necesario.
¿Quién creó esta
desigualdad lacerante?
Porque lo
necesario para vivir
no está
asegurado, equilibrado.
Grandes tratados escritos
buscando el origen de la desigualdad,
se reúnen las potencias,
discurren
ponencias, aplausos,
desplegados de prensa
pero todo sigue igual, más pobreza.

I
Austero en su
vivir, trabajador,
camina los
rumbos de siempre,
una vida ligada a lo rutinario,
al frio de su
vivienda y la soledad.
Ha hecho un
trato con la vida:
dejarlo vivir el
poema, escribirlo.

II
Las mismas caras en el autobús,
los saludos sin
contenido, vacíos,
la existencia se arrastra
similar a una
neblina vespertina.
Aunque su rostro austero denota
enfado, hay
brillo en sus ojos,
sus pensamientos vuelan sin trabas,
no está en el autobús, vuela
al recuerdo de la mujer amada.
Su historia son un
montón de recuerdos
que nadie
escribe, nadie narra,
qué importa una vida anónima
que construye una ciudad, la edifica;
importan los que dirigen la obra,
ellos tienen nombre, él, se llama Juan,
y no recuerda el
apellido de su padre.
¡Oh humanidad, no hay igualdad
en la forma de morir!
Dejar este plano; unos mueren
en un gran hospital, otros en calle fría
frente a la
mirada de sus iguales.

Enrique Flores Amastal

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