Hernán León Velasco
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas
Si el Dr. Rodulfo Figueroa viviera en el 2025, su espíritu indómito seguiría inalterable, pero su mundo habría cambiado. Ya no cabalgaría sobre senderos polvorientos ni aguardaría semanas por una carta; su voz viajaría en un instante a través de la tecnología, su poesía se esparciría en pantallas luminosas y su medicina estaría acompañada de instrumentos con diagnósticos de precisión.
Sin embargo, su esencia no se desvanecería. En este siglo XXI, donde la inmediatez devora el asombro, su poesía seguiría siendo un refugio, un acto de resistencia contra el olvido. Quizás publicaría sus versos en plataformas digitales, pero su mensaje continuaría intacto: el amor por la tierra, la nostalgia de la existencia y la búsqueda incansable de la belleza oculta en lo cotidiano.
Su amor por Cintalapa no cambiaría. Aun con los avances de la ciencia, seguiría ejerciendo la medicina con la misma vocación, atendiendo a su gente con la calidez que no pueden replicar los algoritmos. La Sandunga, en lugar de surgir entre marimbas y parrandas nocturnas, podría nacer en un estudio de grabación, fusionando la tradición con lo contemporáneo, pero su alma doliente y eterna permanecería incólume.
Rodulfo Figueroa no pertenece solo a su tiempo: trasciende épocas y generaciones. Su voz persiste en la memoria de su pueblo, en cada verso que se niega a ser olvidado, en cada eco de marimba que sigue llorando su Sandunga.
Su formación
El Dr. Rodulfo Figueroa nació el 4 de agosto de 1866, en la hacienda Santiago del Valle de Cintalapa, Chiapas. Su infancia transcurrió entre el trotar de los caballos y la inmensidad del campo. Aprendió sus primeras letras en Tuxtla Gutiérrez y trazó un camino académico brillante. En Guatemala, su inteligencia fue reconocida con múltiples honores, convirtiéndolo en un estudiante excepcional, capaz de destacar en todas las disciplinas.
Su grandeza no residía solo en su intelecto, sino en su capacidad para transformar la vida en poesía. A los 22 años, sus versos comenzaron a resonar en revistas de prestigio como Juventud Literaria en México y El Mundo Ilustrado, compartiendo páginas con los gigantes de la literatura de su tiempo. Entre bisturíes y metáforas, Rodulfo no solo curaba cuerpos, sino también almas, con la belleza indómita de sus palabras.
De la medicina a la poesía
A pesar de su éxito en la Ciudad de México, el destino lo reclamó en su tierra. En Chiapas ejerció la medicina con entrega absoluta, atendiendo a su gente con la misma devoción con la que escribía poesía. Su regreso lo unió aún más a sus raíces, a las tradiciones que moldearon su espíritu, a la música que lo habitaba en secreto.
Fue en este contexto donde nació La Sandunga, un poema que destila la melancolía y el sentir de su pueblo. La historia cuenta que, entre noches de bohemia y de marimba, las notas de La Sandunga encontraron cobijo en su pluma, dando forma a uno de los versos más inmortales de la poesía chiapaneca. No fue solo un poema: fue su testamento de amor por la música, por la tradición, por esa Chiapas profunda que latía en su sangre.
Rodulfo Figueroa murió el 7 de julio de 1899, en su ciudad natal, cuando apenas contaba con 33 años de edad. Se convirtió en la voz de un poeta que sigue vivo en cada nota de marimba, en cada página que resguarda sus versos, en cada chiapaneco que halla en su obra un reflejo de su propia identidad. Su tiempo fue el de los caminos solitarios y la tinta indeleble; el nuestro es el de la inmediatez y la fugacidad. Pero su legado es eterno, porque la poesía auténtica no conoce la muerte.
Y así como el río no olvida su cauce ni la noche renuncia a su resplandor de estrellas, La Sandunga permanece. Vibrante, melancólica, inextinguible. En sus versos resuena el alma de un hombre que supo convertir la música en palabra y la palabra en inmortalidad. He aquí el famoso poema:
La Sandunga
Cuando en la calma de la noche quieta
triste y doliente la zandunga gime,
un suspiro en mi pecho se reprime
y siento de llorar ansia secreta.
¡Cómo en notas sentidas interpreta
esta angustia infinita que me oprime!
¡El que escribió esa música sublime
fue un gran compositor y un gran poeta!
Cuando se llegue el suspirado día
en que con dedo compasivo y yerto
cierre por fin mis ojos la agonía,
la sandunga tocad, si no despierto
al quejoso rumor de la armonía,
¡dejadme descansar que estaré muerto!…










