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El reciente filme de Todd Field, “Tár”, que narra el drama de la directora de orquesta Lydia Tár, en el clímax de su carrera, magistralmente interpretada por Cate Blanchett, ha despertado no solo interés, sino airadas polémicas que han provocado, desde mi punto de vista, aquello que precisamente critica: la polarización moralizante de los juicios que provienen de los discursos identitarios de nuestros tiempos y que marcan la agenda de lo políticamente correcto.
Esta polarización no es más que la gran perversión de la ética como el desarrollo de una vida buena, porque alza como criterio absoluto e indiscutible el carácter de una identidad en especial -dígase identidad de género, identidad histórica, identidad racial, identidad preferencial, identidad política- abstrayéndose de la condición misma de ser humano cuya característica es la ambigüedad, la fragilidad, la vulnerabilidad.










