Un día sin cohete (en Cabo Cañaveral)

Hernán León V.

Era mayo de 2002 y, como buenos asistentes al congreso de la Sociedad Americana de Urología, decidimos ampliar nuestras fronteras más allá de los temas vesicales y prostáticos. Después de renovar el conocimiento médico, se nos ocurrió que nada sería más memorable que presenciar el lanzamiento del transbordador espacial Endeavour en Cabo Cañaveral. El universo parecía estar alineado: conocimiento en la mañana, espectáculo cósmico en la tarde.
Llegamos al lugar con la emoción de quienes creen estar a punto de vivir un momento histórico. Habíamos comprado los boletos -que no eran baratos, por cierto- para ver cómo esa gigantesca lata de aluminio salía disparada al espacio entre llamaradas y rugidos que, según los anuncios “harían vibrar hasta tu médula”. Imaginábamos el haz de luz partiendo el cielo en dos, las vibraciones sacudiendo el suelo y los aplausos emocionados de los testigos.
Pero no. Nada de eso ocurrió.
En lugar de un rugido épico, lo único que escuchamos fue una voz monocorde anunciando que el lanzamiento se suspendía “por razones técnicas”. Así de simple. Ni siquiera tuvieron la decencia de añadir algo dramático como “problemas con la nave” o “un tornillo flojo en el ala derecha”. No, solo un escueto “otra fecha será anunciada más adelante”. Si queríamos presenciar el lanzamiento, teníamos dos opciones: esperar indefinidamente en Cabo Cañaveral o… bueno, cambiar de rumbo y seguir con nuestras vidas.
Pero no todo estaba perdido. Si bien el Endeavour no despegó, nosotros despegamos… en risas. La situación era tan absurda, que no pudimos evitar burlarnos de nuestra propia ingenuidad. Una compañera sugirió que, para recuperar nuestro dinero, tal vez podríamos convencer a los encargados de que nos llevaran a dar una vuelta en el carrito del helado espacial (sí, había uno). Otro propuso que, ya que no habría estruendo, podríamos hacer nuestra propia simulación, gritando “¡Fiuuuuuuuuummmm!” mientras mirábamos al cielo.
Lo más gracioso es que, mientras nosotros nos reíamos, había quienes realmente se veían devastados, como si el lanzamiento del cohete fuera una boda cancelada. Había un hombre de mirada seria que susurró: “Es que no entienden, vine desde Minnesota solo para esto”. Nosotros, en cambio, pensamos: “Bueno, al menos no nos quedamos atrapados en un quirófano viendo piedras en los riñones”.
Al final, el verdadero espectáculo no fue el cohete, sino la experiencia de haber estado allí, con gente de todas partes, esperando algo que nunca sucedió. En retrospectiva, fue un ejercicio perfecto de humor cósmico: mientras nosotros mirábamos al cielo, el universo se reía de nosotros, diciendo: “No todo puede ser épico, amigos. A veces, solo es martes”.
Así que no hubo estruendo, ni llamaradas, ni una luz que partiera el firmamento como una flecha de fuego. Pero hubo algo mejor: una lección de humildad y la certeza de que, incluso cuando los planes fracasan, la vida sigue siendo un espectáculo. Eso sí, la próxima vez nos aseguraremos de que el boleto incluya una garantía. O al menos, un helado gratis.

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