Luis Alberto Ballinas
Un espacio dedicado a la Asociación de Escritores y Poetas Chiapanecos, A.C.
Jorge Éver González Domínguez [email protected]
EL FUNERAL
(Fragmento)
Vi mis pies desnudos sobre el pavimento frio, sentí la caricia del aire que rozó mi rostro. Crucé la puerta de madera, me asomé dentro de la casa, ahí estaba el funeral de una persona: percibí el aroma del incienso, sentí el calor de las veladoras que se extinguían lentas, las hermosas flores que adornaban el cajón; los cuatro cirios, uno en cada esquina del féretro, parecían soldados en posición de firmes. Tres hombres tomaban café a un costado y dos mujeres cuchichiaban detrás de ellos, todos vestían de luto. No pude distinguir la hora del día.
Con el recelo en los labios, los ojos despavoridos y la conciencia inhóspita de que en mi propia casa se estuviera celebrando un velatorio no cabía en mis prioridades. ¿Dónde estaba mi mujer?, ¿qué había pasado?, ¡quién murió!, jamás reconocí el rostro de los que lloraban en la sala, ni de las viejas que ahora se lamentaban. Busqué desesperado alrededor de la casa tratando de encontrar respuesta y no encontré a nadie más. Regresé a la sala con la cara de espanto. Vi el cuarto hombre vestido de negro entrar a la sala.
Los siete hicieron la plegaria correspondiente, se signaron y los cuatro hombres ocuparon el espacio de los cirios e hicieron guardia, estaba atónito, mi corazón latía desmesuradamente. Había un silencio atroz, no había nadie más en la casa, el aire que entró sin permiso por la puerta principal me hizo reaccionar. Volví en mí y al instante caminé hacia el cadáver, quien descansaba flácido en esa caja de madera color cedro con un brillo espectacular, con acabados en grecorromanos y adornos franceses. Di cuatro pasos lentamente y sigiloso me acerqué a la ventana del cajón, con ojos puestos en el difunto, hice una mueca en los labios y de mis ojos brotaron lágrimas calladas que se ahogaron en mi boca.
¡Ahí estaba yo!, descansando eternamente, con los ojos cerrados, las manos en posición de cruz y debajo de ellas un par de libros que no reconocí, las piernas bien rígidas con unos zapatos negros bien lustrados; llevaba pantalón negro y camisa blanca. Estaba bien peinado y con un poco de algodón en la boca.
Me sobresalté al verme, me sentí impotente, con el rostro cabizbajo, alcé la vista a los cuatro centinelas, ellos estaban serenos, con rostros escondidos detrás de una sombra oscura, busqué a las mujeres, ellas traían el velo negro en su faz, no pude verlas ni escuchar lo que decían. Giré por toda la sala y no vi más personas. La pena del alma se dibujó en mi sien…










