Luis Alberto Ballinas
Un espacio dedicado a la Asociación de Escritores y Poetas Chiapanecos, A.C.
Jorge Éver González Domínguez [email protected]
Era media noche
Era media noche cuando las campanas titilaron al viento sus últimos alaridos en la oscuridad de aquel primero de noviembre; la discreta luna se asomaba detrás de un cielo oscuro por unas densas nubes maliciosas. Las almas de todos los santos habían atravesado las puertas del purgatorio, mientras Manuel disfrutaba de la vida en plenitud en una rústica cantina del pueblo de los Llanos; tomaba un par de caguamas con don Pedro, don José y el Lievano -este último diestro en el juego de barajas-, los cuatro se habían olvidado de las viejas tradiciones. Se embriagaban desde hacía horas.
-¡Al diablo con el diablo!, -escupió Manuel con voz áspera cuando don Pedro preguntó a qué horas le paraban- ¡Es pura bobería!, ¡pendejadas!, ¡a la mierda con todo! Tomó en un sorbo el residuo del vaso.
-Nosotros nos vamos, es necesario estar con la familia. Don José hablaba con sabiduría aun a pesar de su borrachera; los otros dos asintieron con la cabeza.
-¡Pinches culeros!, a la ver…
En la borrachera, salieron las groserías al por mayor.
Los tres abandonaron la cantina, Manuel permaneció más tiempo, pidió otra botella.
“No te vayas Manuel, es tiempo de guardar”, le había dicho su mujer, había ignorado el mensaje.
Las festividades de todos los santos habían empezado desde el 31 de octubre, los panteones pronto se abarrotaron, el primero de noviembre dice la tradición popular que llegan las almas de los niños, en medio día se van para darle paso a las almas mayores; la iglesia marca que es día de todos los Santos y el 2 de los fieles difuntos, después de las 12 del día parten a la espera eterna.
¡Me vale!, le había contestado a su esposa. ¡Me vale, me vale con tus costumbres!, salió de su casa; en el camino encontró a sus amigos.
Manuel seguía ingiriendo su eterno vicio.
Después de quedarse solo en esa vieja cantina en un barrio común y corriente del pueblo de los Llanos, sintió un estrago en el corazón y se dejó llevar. Dentro de su borrachera, en plena soledad los párpados le pesaron, se inclinó ligeramente sobre la mesa rustica: durmió.
En su sueño sintió que flotaba en el aire, veía el llanto de todas las personas por sus difuntos, él con indiferencia en el rostro se sintió extraño, vio las almas desfilar ante sus ojos, los cuerpos recién muertos, la angustia de miles de personas, lágrimas, muchas lágrimas, lamentos, tristezas, rostros desencajados, miradas tristes; él iba con la indiferencia en su faz. Todos iban rumbo al panteón cargando cempasúchil, nubes, flor de seda, flores, rosas, arreglos florales, juncia, aguardiente, cigarros, dulces de todo tipo, pan de muerto y de no muerto, desde lo alto veía cómo las personas caminaban como zombis al lugar común: el panteón.
El sol nacía detrás de las montañas, la sombra de un manguillo se proyectaba sobre el pasto con dirección al poniente, la mañana era fresca y pronto el sol se apoderaría del espacio. Manuel parpadeó, se sacudió y al despertar amaneció sin playera acostado en la tumba de su sobrino muerto desde hacía varios años…










