Carlos Castro/Las Líneas del Colocho
Hay mujeres que llegan a la política y, en lugar de transformar la vida del pueblo, transforman primero el clóset, cambian el carrito por una camionetota y descubren que la joyería fina luce mejor cuando se acompaña de una buena fotografía en redes sociales.
Porque para algunas, el cargo público parece venir con paquete incluido: camioneta de lujo, accesorios de diseñador, ropa de marca y un séquito de colaboradores que les resuelven hasta lo que deberían hacer ellas. Una pone la cara para la foto y los demás ponen el cerebro, el tiempo y hasta la paciencia.
Lo curioso es que muchas llegaron hablando de empoderamiento femenino, liderazgo y compromiso social, pero a la hora de demostrarlo, se les acaba la batería, para dar órdenes tienen energía de sobra; para asumir responsabilidades, curiosamente, siempre hay alguien más disponible. Y si algo sale mal, la culpa es del equipo; si sale bien, la fotografía lleva su nombre.
Eso sí, que nadie se atreva a cuestionar tanta elegancia, porque podrán faltar resultados, sensibilidad y profesionalismo, pero jamás una buena marca en el guardarropa. Al parecer, algunas confunden ser jefas con ser dueñas de la voluntad ajena, y liderazgo con tener gente a quien cargarle la mano.
Y no, señoras, el problema no es que tengan una camioneta bonita, una bolsa costosa o joyas que brillen más que las luces de Navidad. El problema es que, mientras sus accesorios hablan de lujo, su manera de trabajar habla de indiferencia; mientras presumen poder, exhiben poca empatía, y mientras se llenan la boca hablando del pueblo, parecen olvidarse de quienes realmente sostienen el trabajo.
Porque el empoderamiento no consiste en llegar a un puesto para sentirse intocable ni en usar a otros como asistentes personales. Consiste en demostrar capacidad, respeto y resultados. Pero claro, eso no siempre combina con la última colección de temporada.
Al final, la política no es una pasarela, los trabajadores no son servidumbre y el presupuesto público no es una invitación a sentirse celebridad.
Hay quienes llegan a la política para cambiar al pueblo y otras que, con suerte, solo cambian de camioneta. Mucho glamour, muchas marcas y demasiada pose, pero cuando llega la hora de trabajar, se les pierde el liderazgo en la bolsa de diseñador.
¡Al que le quede el saco!










