¿Cómo Red Bull cayó de la cima?

ZONA DE PITS

Daniel Sánchez
Diario de Chiapas
Alguna vez dijo Sir Isaac Newton: “todo lo que sube tiende a bajar”. Una sentencia científica que en la Fórmula 1 funciona como ley no escrita. La historia lo demuestra: equipos que parecían invencibles terminan cayendo, como Mercedes, que reinó de 2014 a 2021 antes de extraviarse en la zona media y perder la pelea por el título.
Red Bull vive una caída estrepitosa tras un dominio aplastante en pista. Ni el talento desbordante de Max Verstappen ni el músculo financiero de la bebida energética han evitado que el equipo se apague vuelta a vuelta, hasta desvanecerse de la pelea por la corona.
El conjunto austriaco hoy ocupa la cuarta plaza en el Mundial de Constructores. Max Verstappen resiste en el tercer puesto en la carrera por el título, aunque con la amenaza constante de ser superado por George Russell y Charles Leclerc, poseedores de monoplazas más consistentes y confiables.
Yuki Tsunoda, actual segundo piloto de Red Bull, padece la misma condena que en su día vivió Checo Pérez, pero llevada al extremo: hundido en el decimoctavo puesto del campeonato, una situación intolerable para los Toros Rojos, aunque ahora carezcan de la libertad de ejecutar el relevo que antes les resultaba tan sencillo.
Pero: ¿por qué cayó Red Bull de ese pedestal? La respuesta, tan simple como atroz, es que el equipo va a ciegas cada domingo sobre cómo responderá su coche. Su túnel de viento —la instalación clave para estudiar la aerodinámica— arrastra más de veinte años de atraso tecnológico, lo que reduce drásticamente el margen de acierto en sus predicciones sobre distintos escenarios de pista.
Christian Horner, ex jefe de equipo de Red Bull, reconoció esta niebla de incertidumbre en los datos: “nuestros números no encajan con lo que vemos en pista”. Esa falta de correlación provoca que el RB21 solo rinda cuando todo está alineado a la perfección. Basta que un factor se desvíe de esa idealidad para que el monoplaza se transforme en un coche ingobernable.
Los dos males más graves del RB21 son su inestabilidad y la rápida degradación de neumáticos. El coche sufre subviraje —cuando gira menos de lo que el piloto busca— en curvas lentas y sobreviraje —cuando gira de más— en las rápidas, al punto de que Max Verstappen lo definió como “difícil” de conducir en cada curva.
Sin un balance óptimo, el RB21 devora sus llantas a un ritmo incontrolable. Ya en Bahréin se hizo evidente, cuando Max Verstappen no pudo pasar de la sexta posición, quedando muy por detrás de un… ¡Ferrari! El ejemplo más reciente llegó en Hungría, donde las temperaturas abrasivas y las exigencias aerodinámicas descomunales sepultaron las opciones de Red Bull.
La tormenta de fallas técnicas encuentra eco en la inestabilidad administrativa: la salida de Christian Horner, la sombra de Adrian Newey y la amenaza latente de perder a Max Verstappen dibujan un horizonte sombrío para Red Bull, incapaz de hallar refugio en un legado que se opaca aún más.

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