El que a hierro mata, a hierro muere

Daniel Sánchez
Diario de Chiapas
Justicia poética fue lo que se escribió en los libros de la Fórmula 1. Christian Horner, figura central de Red Bull y jefe de equipo desde que la escudería tomara las riendas de Jaguar Racing en 2005, ha visto consumarse el pasado miércoles el final de su largo reinado. Un ciclo que, aunque aún se sostenía en pie, ya mostraba las grietas de un ocaso inevitable.
Horner fue el principal arquitecto de la salida de Sergio “Checo” Pérez del conjunto de la bebida energética. Su indiferencia ante el papel clave que el mexicano desempeñó a lo largo del proyecto terminó marcando una línea de ruptura que, con el tiempo, se le revertiría. Irónicamente, fue apartado con la misma frialdad con la que alguna vez actuó, en una decisión gestada por fuerzas de gran peso tanto dentro como fuera de Red Bull –entre ellas, los Verstappen.
No es secreto la predilección de Max Verstappen no solo de obtener victorias, sino de poseer centralidad absoluta: convertirse en el astro alrededor del cual debe orbitar todo lo demás. Christian Horner, por su parte, siempre estuvo acostumbrado a ejercer un control total sobre Red Bull, pero el ascenso meteórico de Max, junto con la creciente injerencia de Helmut Marko –ambos unidos por una convergencia cuasi ideológica– finiquitaron su evanescente autoridad.
Will Buxton, periodista y voz reconocida del paddock, no tardó en pronunciarse sobre la abrupta salida de Horner y las interrogantes que la rodean. El británico puso el acento en el hermetismo con el que se manejó la decisión, sugiriendo ignominia en el fondo de la misma: “este tipo de cosas normalmente se filtran”. Buxton también cuestionó el verdadero alcance del movimiento, insinuando que el sacrificio pudo haber sido tácito, pero no necesariamente estructural: “Si esto se hizo solamente para retener a Max, y lo logran, fantástico. Pero eso no garantiza que Red Bull vuelva a ser competitivo de inmediato.”
La debacle de Red Bull encuentra sus raíces en una clara desintegración estructural. Salidas clave como las de Rob Marshall, director de ingeniería; Jonathan Wheatley, director deportivo; y, en particular, Adrian Newey, la mente maestra detrás del éxito técnico de la escudería, fueron señales de una erosión que Horner, atrapado en su burbuja de poder, decidió ignorar. Convencido de que todos eran reemplazables, terminó por descubrir que el único verdaderamente prescindible era él.
El poder de Horner comenzó a desvanecerse en 2022, con la muerte de Dietrich Mateschitz, uno de los dos pilares económicos del emporio de Red Bull. Fue Mateschitz quien lo apadrinó en su paso como jefe de equipo en la élite del automovilismo, otorgándole una espada de Damocles que pendió sobre otros como Checo Pérez. Sin su base de poder, el hierro que lo sostuvo se volvió su filo, y lo fue desangrando lenta y silenciosamente hasta morir a manos de él y firmar el epílogo de su carrera.

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