Chivas, líder general del Clausura 2026, recibe en el Akron al América, en una edición más del Clásico Nacional
Agencias/Diario de Chiapas
El Clásico Nacional se avecina. Hay un escenario poco frecuente: Chivas en la cima del acantilado y América escalando penosamente los riscos de la incertidumbre. Casi el doble de puntos marca las distancias: El Rebaño suma 15 por ocho de El Nido.
Sí, ya se sabe: poco importa la numeralia cuando son las condiciones y las ambiciones humanas y futbolísticas las que sentencian un Clásico Nacional. Poco importan incluso las efemérides. El entorno podrá atiborrarse de fantasmas y crónicas gastadas. Ninguno de ellos pisa la cancha, apenas, acaso, se apelmazan como efímero cotorreo de la tribuna.
No hay garantías. Sí, Chivas hoy juega mejor al futbol. De hecho, juega mucho mejor futbol que los balbuceos americanistas de este torneo. El Tricampeonato reposa en el anecdotario. Y aún así, nadie arriesga conscientemente en apostar su patrimonio en una rayuela ajena. Porque América juega con 12 siempre. Algo beben, algo tragan, algo los posee en Coapa, que se imbuyen de ese misticismo pernicioso y fascinante del #ÓdiameMás.
Sí, el Guadalajara ha encontrado bajo el padrinazgo de Gabriel Milito el recurso ancestral de jugar a lo Chivas, como homenajeando ese parteaguas cuando Enrique Aceves Latiguillo, en su columna de El Informador, quiso estigmatizarlas diciendo que jugaban como “chivas locas”. Nunca se imaginó que Guadalajara terminaría siendo un patronímico en desuso, bajo la casta de Chivas. Sí, el pedigrí incierto permanece, aunque, con Milito, hay cordura y hay devoción.
André Jardine sigue parchando a su equipo. Su pieza más importante, después de Alejandro Zendejas, se ha ido: Álvaro Fidalgo dejó una herencia, pero no dejó un heredero para el puesto. Y no sólo se trata de futbol sino de untarse emocionalmente del compromiso de ser el “8” americanista.
No hay mucho misterio. En los Clásicos juegan otros valores, especialmente los intangibles, los impredecibles, los inmensurables: la devoción, la personalidad, la testosterona, la inspiración, el hambre, la desesperación, y, claro, personajes mezquinos como el miedo, la incertidumbre. Y sí, los imponderables: una tarjeta, una lesión, un desliz —o una fechoría— del árbitro.










