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Editorial

Insensibles a la violencia y los políticos buscando el poder

La violencia en México se ha normalizado. La tomamos como el pan diario. Los rostros de la mayoría de los mexicanos empiezan a ser insensibles a este tipo de heridas que masacran el corazón de miles de seres humanos de todas las latitudes de la República mexicana que han perdido a un ser querido a manos de la delincuencia organizada.

Ha sido tan común ver y conocer por los medios de comunicación, pero ahora más expuestas a través de los aparatos móviles, escenas donde grupos en pugna o cualquier hijo de vecino, aniquila sin el menor arrepentimiento a su adversario, a su enemigo.

No es de ahora que los videos que circulan en redes, donde se mata a tiros, donde se mutilan miembros del cuerpo humano, atados de pies y manos, muchos de ellos, completamente vivos, sean difundidos por las plataformas como el WhatsApp, Twitter u otras más.

Desde Felipe Calderón, pasando con Enrique Peña Nieto y en los tres años y medio que lleva Andrés Manuel López Obrador, la situación no ha cambiado en el combate a la delincuencia organizada. Los reportes del propio Sistema Nacional de Seguridad Pública señalan que los asesinatos han ido al alza.

La situación no es nada fácil. Enfrentarse a los poderosos grupos que controlan el trasiego de enervantes y que con el paso del tiempo se han encargado de entrar a otras esferas de la sociedad, como las extorsiones telefónicas, el control del paso de migrantes, la trata de personas, el control de piso por negocios, entre otros más, ha sido sinónimo de muerte, de desolación, de abandono de pueblos que hoy lucen abandonados como en las que se leían en las revistas de vaqueros o las series policiacas del oeste.

Un cruel y despiadado escenario nacional que ha traído desolación y contra lo que se diga, ha estancado el desarrollo de México. Ningún estado del país se salva de esta situación, aunque los del centro y norte, es donde se ha recrudecido este sistema violatorio que trastoca la convivencia social humana.

No hace falta ser un experto para decir que la violencia nos está adormeciendo, anestesiando, inmovilizando o matando en vida como sociedad. Cada día que pasa nos desintegra. Esto se ha convertido en un cáncer que no tiene cura y si seguimos así, nuestro futuro será estar siempre encasillados a lo que diga el que domina la plaza.

Pero no sólo el valor por la vida pende de un hilo por parte de mentes enfermas que matan por matar en México. El mundo también vive una pesadilla. Ahí está la reciente tragedia en Nigeria, donde 40 fieles de una iglesia fueron asesinados por un grupo armado. O el solitario criminal que cejó la vida de 19 niños latinos y dos maestras en una escuela de Texas, en Estados Unidos. O los homicidios de lesa humanidad que se están registrando en Ucrania, con la guerra que enfrenta con Rusia. Nadie, absolutamente nadie hace nada para parar, en este caso, la encarnizada violencia protagonizada por líderes que se quieren eternizar en el poder.

Para donde sea que volteemos hay violencia, inseguridad, muerte. Lo peor de todo es que mientras se lucha contra esta terrorífica situación, en México, un puñado de hombres y mujeres se desviven por mostrar músculo, desde hoy, porque quieren arrasar en las elecciones de 2023 en el Estado de México y Coahuila. Una situación penosa porque en lugar de que se dediquen a gobernar se placean buscando los reflectores para ser los eternamente poderosos. No es por ahí, hay que tener un poco de sentido común para darle solución a los graves de problemas que padece México.

Y no sólo la violencia en grandes dimensiones se tiene cada día. Ahí están los números rojos de una sociedad en descomposición como el asesinato de mujeres. Doce por día en todo el país es una cifra escandalosa. O los delitos del fuero común que se sufren camino al trabajo, a la escuela o incluso en tu propia casa. Robos, asaltos a mano armada, invasiones de predios, violaciones a mujeres, o las muertes por conflictos sociales en comunidades.

Dice la Iglesia Católica a través del arzobispo Fabio Martínez Castilla, que “la crisis social actual está muy relacionada con la pérdida de valores y haber sacado al ser humano del centro, incluso por debajo de los intereses económicos o personales”. Una reflexión por la que debemos empezar a recomponer. Si la dignidad humana sigue en declive, sin ser catastrófico, muy pronto hay que darse por muerto.

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