Las Fiestas Patrias, la Mexicanidad y el fervor nacionalista
Con gran alegría, fervor y en un ambiente donde la gastronomía de nuestro país es la protagonista−misma que está enaltecida como de las mejores del mundo−, los mexicanos estamos de fiesta o “pachanga” hablando coloquialmente, ya que desde hace 215 años la nación se separó de la corona española.
Este mes que ya es categorizado como el “patrio”, donde se conjugan celebraciones que marcaron el destino del país y de nuestro estado: la Batalla de Chapultepec, que tiene como protagonistas a los denominados “Niños Héroes”, los cuales fuentes apócrifas no dan crédito a su hazaña, descartando que ni fueron “niños” ni “héroes”, pero ante los símbolos patrios, su actuar justifica la “historia de bronce” en México; en el caso particular de Chiapas, se conmemora su anexión a México, claro hay algunos historiadores y especialistas que señalan que ese acto fue una “federación”, ya que a las conveniencias geopolíticas de Chiapas para esa primera mitad del siglo XIX, le era conveniente formar parte de la naciente nación mexicana; por último, la fecha que justifica el fervor nacionalista, el 15 de septiembre, que nuevamente se señala es una fecha modificada a “doc”, en este caso por el gobierno de Porfirio Díaz, ya que coincidía con su cumpleaños, pero retomando el asunto, a raíz de esta fecha México aparece como país propio ante el mundo; posteriormente, las demás naciones americanas le seguirían el paso.
Antes que nada, este movimiento fue fraguado por los criollos, que tras las Reformas Borbónicas fueron marginados por la propia corona, incluso negándoles derechos en su propio territorio. Sumado a la invasión napoleónica en la Península Ibérica y las ideas de la Ilustración, que también fraguaron la Revolución Francesa y la Independencia de las 13 Colonias de América (la de Estados Unidos).
En el discurso oficial, Miguel Hidalgo, Josefa Ortiz de Domínguez, Ignacio Allende y José María Morelos y Pavón, fueron los héroes epónimos que con su lucha y sus propias vidas cimentaron los ideales de libertad e independencia para forjar esta nueva nación.
Desde luego, el resto del movimiento sufrió altibajos, traiciones y nuevos problemas; si bien México ya era una nación independiente, la pugna por el poder y la forma de gobierno, llenarían de sangre el resto del siglo XIX: misma situación se dio con la Revolución Mexicana.
Ya establecidos estos conceptos, la identidad mexicana ha mutado, incluso antes del movimiento independentista: desde la colonización, la influencia española pesó en la forma de vida los habitantes novohispanos; la religión, fue una de estas herencias y a diferencia de las colonizaciones anglicanas o francas, la hispana de cierta manera y con reservar, dio pauta a que los elementos permisibles de las culturas prehispánicas se sincretizaran, generando una identidad propia que mestizos y criollos abrazarían como una sola.
Posterior a la Independencia, y bajo los gobiernos de los criollos, México no se desprendía del arraigo español ni del europeo, esto se vio reflejada en las intrigas tanto de conservadores y liberales en el siglo XIX que dieron pauta a varias de las intervenciones extranjeras. En esos años, la llamada mexicanidad apenas era un concepto, más aún si tomamos en cuenta que quienes ostentaban el poder tenían la aspiración de que el país fuera más “europeo”: el afrancesamiento del porfiriato fue una prueba de ello.
Pero la denominada mexicanidad es más un producto de la Revolución Mexicana, misma que toma en cuenta aspectos de la cultura popular, que la aristocracia de nuestro país se esmeró en renegar. Y con el revisionismo del pasado prehispánico, la influencia novohispana y de Europa también, se fraguó nuestra identidad mexicana. Esto lo retomarían Samuel Ramos en “El hombre y la cultura en México” y Octavio Paz en “El laberinto de la soledad”.
En fin, mientras degustamos un buen tequila, la taquiza o el pozole, debemos valorar y resignificar aquellas condiciones que nos dieron patria e identidad.










