El formato físico era una forma de salvaguardar la memoria y la historia

Hasta hace poco con el auge de las plataformas de “streaming”, el contenido en sitios web, redes sociales y demás, los cuales lograron sintetizar y optimizar hasta cierto punto preservar archivos de diferentes indoles; películas, vídeos, música, libros y demás formatos, que en físico ocupaban mucho espacio.

De hecho, cuando la producción de los formatos físicos se redujo, muchos añoraban con nostalgia los CDs, DVDs, casetes, u otro objeto que definieron una moda o época; en ese sentido, preservar estos objetos solo eran un recuerdo y dado a que ya no se reproducirían serán “aestetic” o “hípsters”.

No obstante, con las actualizaciones de licencias o contratos, hackeos, modificaciones por cuestiones culturales o de censura, que los archivos y la memoria pendan de la red, ponen en peligro la propia cultura de la humanidad.

Las distopias de “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury y “1984” de George Orwell ya nos anticiparon las repercusiones de la tecnología en el uso de la información; para el caso de la novela del célebre autor norteamericano, la existencia de un cuerpo de bomberos que se dedique a generar incendios en bibliotecas para borrar información, de acuerdo a teóricos literarios, remite a la quema de la Biblioteca de Alejandría, misma que comprometió gran parte del registro de la historia de la Antigüedad Clásica o la quema por parte de la inquisición; lo peor, es que está practica se está repitiendo, con los casos de compañías de IA que se están dedicando a comprar libros de segunda mano para alimentar el software y posteriormente triturarlos: esto sin duda, deja en desventaja la preservación de datos y demás, ya que un particular al salvaguardar información está predispuesta a sus prejuicios y sobre todo a sus interés.

En el caso de la distopía orweliana, con las acciones del ficticio Ministerio del Amor que a través de la “neolengua”, la historia y la cultura se reescribe a conveniencia del régimen, que ya lo estamos viendo con la NEM y el gobierno de Donald Trump, que están eliminando o censurando contenido comprometedor.

Ahora bien, el hecho de los consumidores o usuarios tuviéramos en nuestras manos una obra o documento, hasta cierto punto era una forma de apropiarnos de ellos, claro estaba predispuesta al espacio disponible en casa u oficina, pero ahora con las plataformas que evidentemente reducen los espacios, la legalidad o legitimidad para preservar ese objeto quedó en la nada: recientemente, en catálogos de Google Play, Netflix o Amazon Prime, donde ciertas obras se podían conseguir mediante una compra, la actualizar sus licencias, estás ya no eran de quien originalmente lo compró, generando vacíos legales sobre la propiedad de la misma.

Precisamente, respecto a ese contenido, muchas obras que han recibido señalamientos por los grupos feministas o “woke”, acerca de cómo mostraban ciertas conductas o patrones que hoy en día resultan polémicas, se han modificado a tal grado que perjudican la obra original: esto se puede ver en MAX en las caricaturas de los Looney Tunes, que antes de iniciar el contenido lanzan una advertencia al usuario acerca de que ese contenido era parte de un contexto cultural distinto y no responden a sus valores.

La disponibilidad de las obras en su contenido físico o en digital abren un debate acerca de la propiedad, la libertad de expresión, la preservación de la memoria o la alteración de esta en favor de los grupos de poder.

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