Reducir jornada laboral, ¿disparate o acierto?
En México, con sus excepciones, un burócrata trabaja dos horas al día en tiempo real. Es decir, en su jornada laboral reglamentada por la Ley Federal del Trabajo de ocho horas seis de ellas está ocioso.
Si se recorre y supervisan las tareas de algunos trabajadores los hechos nos darían la razón. Le damos un par de ejemplos: en el Departamento de Certificación y Registro de la Secretaría de Educación, existe no uno ni dos, sino una treintena de hombres y mujeres que llegan a su oficina a las ocho horas con salida de tres de la tarde. Son siete horas de “trabajo”, pero da la casualidad que entran media hora después y salen 15 minutos antes de la salida programada.
En este tiempo su labor es sacar copias o bajar el correo institucional. Otros más durante el año sólo trabajan un mes en promedio para poner en orden la documentación de las escuelas a las que les deben entregar sus certificados. Durante un día normal, el arduo trabajo se divide en dos horas para desayunar el cual incluye el tentempié, una más para tomar el café, otra para platicar lo que acontece en el mundo de las redes sociales, y una más para ir a recoger a los hijos a la escuela. El resto es para desquitar el sueldo.
Tienen aparte, horas de permiso para ausentarse de la oficina, nueve días de cuidados familiares, 10 días por puntualidad y asistencia, vacaciones en dos periodos al año (verano y diciembre), y cuando se trata de brindar la atención al público, no hay buenos modales, la indiferencia predomina y tal parece que le hacen un favor al ciudadano.
Ahora que, si le da un giro de sólo 180 grados al tema, hay jefes o directores de oficina que no saben que hacen en el puesto. Si se habla de sueldos, la situación empeora pues los que no trabajan son los primeros beneficiados en la nómina por el “esfuerzo diario y capacidad traducida en conocimientos”. Comparado con un trabajador de una empresa de la iniciativa privada, el de estos últimos su desempeño es agotador, extenuante. Su salario es el mínimo y tienen que pedalearle para que la compañía siga creciendo.
Todo este contexto se deriva por la brillante idea que propuso el senador por Morena, Ricardo Velázquez, de reducir la jornada laboral de seis horas al día, bajo el argumento de que busca garantizar condiciones dignas y fomentar el descanso para incentivar a la creatividad, productividad e innovación en los centros de trabajo. Dice que México es el país de América Latina donde más se trabaja.
Como lo dijimos, si se refiere al sector de la iniciativa privada, quizás tenga razón, porque a los empleados no sólo los obligan a trabajar ocho horas, sino hasta 12 y como pago únicamente el salario mínimo. Si su enfoque es por la descomposición social que provocó y sigue generando el sistema político mexicano, al engrosar la nómina del sector público, tampoco procede, porque lo que tiene que exponer es una reforma para sacar a los recomendados que “llegan a calentar sillas”.
A México le ha hecho daño que prevalezca la práctica de continuar creando plazas para que el partido en el poder coloque a su gente; le perjudica que se sigan solapando la venta de plazas sin que se respete la transparencia en su adjudicación; le afecta que los administrativos con los dirigentes sindicales se coluden para apropiarse de los espacios laborales; le afecta que no se transparente los perfiles para ocupar los puestos para la familia y clientelismo.
Cuántas denuncias de corrupción se han ventilado en los medios de comunicación y más hoy en las redes sobre las prácticas fraudulentas que realizan funcionarios en todas las dependencias gubernamentales y la autoridad hace como que no ve ni escucha.
Si el senador quiere modificar la ley, que empiece por regular la explotación, -en el otro lado de la moneda-, de los trabajadores dependientes de grandes empresas que la viven de pie la mayor parte del día y que, insistimos, les pagan una bagatela. Para ellos sí habrá que intervenir.
Tampoco se trata de generalizar, ya que hay empresas dignas de su crecimiento. Ponderan los derechos de su plantilla laboral, les dan prestaciones de ley, los capacitan constantemente y sus ascensos dependen de sus resultados. En suma, el ambiente laboral es propicio para que la productividad se refleje en los números.
Modificar una ley no requiere de un exabrupto de un legislador como justificante de que desquita su sueldo. Hoy se requiere la opinión de todos los sectores. Reducir o ampliar el tiempo laboral no es tan dañino como los desenlaces que se pudieran derivar de esta decisión, los que a la postre sería un problema más para este ya de por sí decaído México.










