Cambiar de nombre al INM no resuelve los problemas de fondo

La tragedia de Ciudad Juárez, Chihuahua, la cual lleva a la fecha 40 migrantes fallecidos, puso a temblar al sistema político mexicano, ese que, de unos años para acá, el partido Morena se había adjudicado la marca de transparente y honesto.

A este hecho que ha retumbado las paredes de Palacio Nacional, surge, como arte de magia o como se dice, de la noche a la mañana, una propuesta de reforma constitucional para crear la Coordinación Nacional de Asuntos Migratorios y Extranjería, que sustituirá al Instituto Nacional de Migración.

En este tipo de modificaciones a las instituciones, el tramo recorrido es largo y hemos tenido tantas experiencias que anunciar de botepronto una iniciativa, de entrada, está bien, pero de fondo, cambiar el nombre a una institución no resuelve absolutamente nada.

O qué resolvió suprimirle el nombre al Instituto Federal Electoral por el Instituto Nacional Electoral. Absolutamente nada. Todo sigue igual, incluso más vapuleado que de costumbre. Cuánto se erogó para cambiar fachadas, logos, cambio de papelería, rótulos de miles de carros, modificar letreros de mamparas, urnas, etcétera. Un dinero que bien se pudo utilizar para el sector salud, para la educación, por decir lo menos y lo más inmediato.

La corrupción de un sistema político que ha descuidado por años este sector no se resolverá con propuestas banales si los cambios no provienen con ejemplos de dureza en el actuar de la autoridad federal, con castigar a los agentes que reciben recursos por dejar ingresar a los migrantes en las aduanas o en los retenes que se instalan a lo largo del territorio nacional.

Lo que el gobierno debió haber hecho, para que la ciudadanía en verdad crea que se hacen bien las cosas de fondo, es haber separado provisionalmente de su cargo a los funcionarios de primer nivel del Instituto Nacional de Migración y de las secretarías de Relaciones Exteriores y Gobernación.

Hubiese tenido un mejor resultado de credibilidad que exonerarlos, de entrada, de toda culpa. Así no son las cosas. No dijimos que los corran, aclaramos, ni que sean de antemano culpables por omisión en sus tareas asignadas para tratar el tema migrante, sino que una vez terminadas las investigaciones y el deslinde de responsabilidades, se hubiesen reincorporado a sus tareas.

Esto que hizo el gobierno federal lo practicó durante muchos años el Revolucionario Institucional y miren dónde está ahora. Por eso la gente opina que esto de la política es más de lo mismo, pura faramalla.

¿Qué tendrá de novedoso la creación de la Coordinación Nacional de Asuntos Migratorios y Extranjería? Suponemos que nada bueno si se hace al vapor, si en su construcción y ejecución de nuevos ejes normativos, no se combate el cáncer de todo gobierno que aspira a salir bien librado: la corrupción.

El presidente de México se ha cansado de repetir que en este gobierno ya no hay corrupción, pero desde su familia hasta sus amigos, a los que les brindó su confianza, le han engañado y así, simplemente no se puede. El mandatario puede ser el hombre más, honesto del mundo, pero si encubre a sus funcionarios, peca de condescendiente.

Todo aquel funcionario de los tres órdenes de gobierno que no entienda que hace falta una revolución de conciencias para dejar de tranzar, de abusar, de aprovecharse del más débil, de sacar raja en cualquier negocio, entonces por más iniciativas, cambios de nombre de instituciones o modificación alguna para intentar actuar con honestidad, será, simplemente un caso perdido. Seguiremos siendo considerados como uno de los países del mundo (de 85 evaluados en octubre de 2022, es el número 4) que se caracteriza por la corrupción en sus haberes.

Evitarlo con no más chantajes a los migrantes, con profesionalizar el servicio de los funcionarios del Instituto, con dejar de cometer actos arbitrarios de los agentes contra las mujeres, principalmente; la solución tiene que ver con una política de altura, en la que se involucren todos los países de donde provienen los extranjeros, por las naciones donde pasan y con un México que respete y ayude, no que destruya y corrompa.

Y los ejemplos de honestidad tienen que venir desde arriba, no con simulaciones. Lo hemos dicho y no dejaremos de repetirlo; para cambiar el mundo hay que empezar por respetar la Constitución, por dejar de lado las intimidaciones, de apabullar a los adversarios. Esa forma de gobernar debió haber quedado en el pasado con gobiernos que se dicen humanistas. Hay que cambiar el discurso, y no seguir diciendo que se acabó la impunidad, de que ya no hay para nadie. Tampoco el padre Solalinde es la solución, ¡Por favor, como dicen los chiapanecos: agarren juicio!

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