Dimes y diretes, y la inseguridad, imparable
Desde el asesinato de los padres jesuitas Javier Campos Morales y Joaquín César Mora al interior del templo de la comunidad de Cerocahui en el municipio de Urique, Chihuahua, hecho registrado el 20 de junio del año pasado, la Iglesia Católica ha reprobado la falta de una política gubernamental para que cese la violencia en el territorio mexicano.
Desde hace un año a la fecha, el Episcopado Mexicano se ha manifestado con una serie de acciones de protestas desde los miles de púlpitos que existen en el país. Ha ordenado que se celebren jornadas de oración por la paz y que la grey católica esté unidad ante la barbarie que azota el país.
Los jerarcas han manifestado una y otra vez, desde julio del año pasado, que se está llegando a un punto insostenible de la violencia. No por ello hace no más de 15 días volvieron a llamar a celebrar homilías donde se pida por el cese de la violencia y en señal de ello, también hicieron repicar los miles de campanas que existe en toda la geografía mexicana como señal de protesta y se trabaje en el cese de la violencia.
Las misas que se han celebrado en zonas más significativos del país tienen que ver por las personas desaparecidas o sufrido una muerte violenta en México.
El pasado 23 de mayo, otro hecho violento encendió las alertas en la comunidad católica, tras el asesinato a tiros del sacerdote en Michoacán, Javier García Villafaña, cura de la comunidad de Capacho; fue atacado a balazos en la carretera que va de Cuitzeo a Huandacareo.
Toda esta situación que prevalece en gran parte del país, ofendió al obispo de Apatzingán, Cristóbal Ascensio García, durante la homilía del pasado domingo, quien se dijo molesto por la forma en que el gobierno federal celebró su quinto aniversario de haber ganado la elección en 2018, mientras el “país arde por la violencia”.
Para el prelado, en lugar de estar haciendo mítines políticos, se debe declarar un día de luto nacional por la violencia que impera. Desde el púlpito -emulando las prácticas que se ejercían durante los procesos de la Independencia de México, La Guerra de Reforma y la Revolución Mexicana-, el obispo pidió al presidente de México declarar un día de duelo nacional.
Sostuvo que no sólo por los fieles de la diócesis que han perdido la vida, sino por tantos hermanos de México. Que mejor, dijo, que celebrar un día de duelo y reconocer que en nuestro país hay más violencia que hace cinco años. Y como para echarle más leña a la hoguera, el obispo aseguró que el mandatario debe reconocer que las cosas no van bien y que en México hay más violencia que hace cinco años.
La iglesia citó la muerte del agricultor, político y fundador de los Grupos de Autodefensa, Hipólito Mora, asesinado cuando viajaba con sus escoltas a bordo de una camioneta blindada propiedad del gobierno estatal, como la gota que derramó el vaso de agua, pues a pesar de la advertencia de las amenazas a su vida, no se le cuidó en su integridad física.
Para defender el señalamiento en contra, el gobernador de Michoacán, el morenista Alfredo Bedolla, le pidió al clérigo que si quiere hacer política que deje la sotana y hasta acusó que “hay clérigos que se convierten en voceros del crimen y encubren a generadores de violencia”.
“Tenemos en Michoacán personajes muy protagónicos, con declaraciones muy estridentes, relacionados con grupos del crimen organizado e incluso hay clérigos que han admitido tener acercamiento, diálogo, con líderes criminales; ellos mismos encubren a generadores de violencia y luego se convierten en voceros de bandas de criminales, desafortunadamente”.
Lamentable que los protagonistas tengan tiempo para desacreditarse cuando lo que en realidad deberían hacer es trabajar por la seguridad del estado, o del país, según corresponda. Se entiende que el prelado esté desesperado por los embates que continúan contra los párrocos y la sociedad misma, y si se analiza el posicionamiento del gobernador, qué mal hace en responder con injurias a la postura del clérigo.
Además, con qué cara el gobierno continúa con el discurso de que lo que pasa en la actualidad es un remanente de la mala política emprendida por el ex presidente Felipe Calderón. Y no, no es que se le defienda, sino que ya son como mínimo 11 años desde que el mandatario dejó el poder como para pensar que es suficiente tiempo para que las cosas se hubiesen si no combatido al cien por ciento, sí controlado.
No es posible que hoy en día, se reconozca que más del 80 por ciento del territorio nacional esté dominada por grupos de la delincuencia organizada pues ello quiere decir que no sólo no se logró contrarrestar se avanzara, sino que el problema empeoró.
No basta con decir que se tiene buena relación con el papa Francisco, pues eso no ayuda en nada en el combate a la inseguridad que ya tiene hastiada a la ciudadanía. Lo que hay que hacer es dar resultados pues esta administración ya está a un paso de terminar y los muertos siguen sumándose a las estadísticas como el peor gobierno en la historia de México.










