La fe que fortalezca para despertar de la pesadilla que se llama violencia
Hoy es un día grande para México. Con el debido respeto para las diversas religiones del mundo y de nuestro México mismo, este 12 de diciembre en nuestro país, millones de personas refrendan su fe por la Virgen de Guadalupe, a quien recurren para pedir paz en sus familias, en su estado.
El catolicismo, que por cierto ha venido la baja en cuanto al número de creyentes, profesa una pasión por venerar a la Virgen, cuyas muestras de respeto y sacrificio, buscan aliviar las penas en un país agobiado por una violencia que se está normalizando.
Por eso y por muchas razones, seguimos siendo testigos de verdaderos viacrucis que escenifican en intensos recorridos que peregrinos realizan como mandas para que tengan el beneficio reciproco de la Virgen a los sacrificios.
Independientemente del sesgo religioso, el movimiento nacional que no acarrea por voluntad propia ningún “mesías” partidista en México o en el mundo, identifica al pueblo en uno solo. En este peregrinar se unen o se juntan las diversas clases sociales. Ricos o pobres le rinden pleitesía y no hay poder humano que logren hacer la diferencia en el fortalecimiento de la fe.
Los milagros que se cuentan por miles forman parte de esta creencia que arropa los corazones de millones de mexicanos y Chiapas no es la excepción. Para quienes demuestran su fe cristiana con peregrinaciones las vemos cada año en sus recorridos de cientos de kilómetros venciendo obstáculos como el mal tiempo, el calor, el peligro de accidentes por las unidades pesadas que circulan en el país, a la par de hombres y mujeres que desafían todo, aun a costa de su vida.
Hoy al mediodía, en promedio, llega a la capital tuxtleca la que se ha llamado la peregrinación más grande y esa es viene del municipio de Villaflores. Las historias de quienes participan en esta caminata, en muchas ocasiones, hacen vibrar de emociones encontradas. Muestran en cada uno de sus movimientos la convicción, el testimonio, la promesa y la solidez de que el sacrificio que se hace tiene una recompensa.
El papa Juan Pablo II, aquel que a finales de la década de los 80 visitó Tuxtla Gutiérrez, no se equivocó al llamar a la virgen morena, la “estrella de la Nueva Evangelización”, pero aparte de ello, hoy es una buena ocasión para que el pueblo de México le pida que acabe esta violencia inmisericorde que enluta cada día a miles de hogares.
Si bien es cierto que, en las empresas, en instituciones públicas y privadas se organizan para participar en las peregrinaciones que tienen como punto final el santuario de la Virgen de Guadalupe, hoy el punto central también está en que la identidad como creyentes no debe recaer.
Si bien existen otras religiones que no practican esta creencia, su fe la depositan en otro tipo de actividades religiosas, pero con el mismo fin: Que den fin las guerras, que no haya odio, maldad, que desaparezca la crueldad en los grupos criminales, que la convivencia entre hermanos debe prevalecer.
Ojalá, y que más se quisiera, que profesar la fe entre las zonas indígenas, donde existen muchas diferencias entre los habitantes, sea esta veneración por la virgen que lleven a los remansos de paz que algunas comunidades requieren con urgencia.
Ahí están los ejemplos de Oxchuc, Chenalhó, Pantelhó, municipios donde la violencia entre hermanos se ha disparado considerablemente, y donde los conflictos religiosos han traspasado más allá de la armonía y convivencia social que debe anteponerse ante cualquier diferendo.
Los cristianos tienen que trabajar a diario para que estas peticiones de paz sean una práctica cotidiana. Fomentar el perdón debe ser un paso a la comunión entre indígenas, entre mestizos y todo tipo de raza humana que se digne ser un buen ser humano.
Mucho se ha escrito como un acontecimiento religioso que traspasa todas las fronteras imaginarias, es más que un fenómeno social por su papel cultural e histórico en el mundo, y es, sin duda, un acontecimiento que perdurará por siempre, pero que ojalá que, en ese trance, la fe, la solidaridad, el perdón y la ayuda mutua, sean factores inquebrantables para vencer los horrores que hoy vivimos y que ponen en peligro la vida de las nuevas generaciones.
La fe nos da fortaleza y la convicción de que las pesadillas que enfrentamos terminen pronto, Chiapas y todo México lo merece.










