El de José Alfredo, un magnicidio que aumenta interrogantes a la elección
Como están las cosas a días de la elección, esta ha sido la jornada electoral más violenta en el México moderno. Nadie en su sano juicio puede asegurar que de acá al día que se realicen las votaciones, el proceso que “ha sido limpio, terso y color rosa”, se mantenga como tal.
Quien diga lo contrario se engaña a sí mismo o lo que es peor, cree que los mexicanos estamos ciegos. Lamentable, pero el broche maléfico e impresionante registrado la víspera de la elección es el asesinato de José Alfredo Cabrera Torres, candidato de la coalición PRI, PAN y PRD que fue ejecutado de varios balazos por un sujeto que accionó su arma a centímetros de la cabeza del político que disputaba la alcaldía de Coyuca de Benítez.
La monstruosa escena que se difunde por redes sociales es equiparable y viene a la memoria, por aquel magnicidio que se cometió hace tres décadas contra quien fuera el candidato del PRI a la presidencia de la República, Luis Donaldo Colosio.
En aquel entonces la noticia acaparó la atención del mundo por la relevancia del personaje que le habían arrebatado la vida, y porque se trataba de un candidato a gobernar el país, de lo mejor, por cierto, que tenía en ese momento el partido que años más tarde perdió su hegemonía con la llegada de Morena al poder.
Por muy cruel que se escuche o se lea, de este lado del país, para los chiapanecos el asesinato de José Alfredo se convierte en uno más de los más de 30 que se registraron contra los candidatos en este proceso electoral.
Sin embargo, la cifra es apenas pírrica si nos vamos al grueso de las estadísticas que maneja el Instituto Nacional Electoral, institución que documenta más de 750 casos de violencia perpetrados del 7 de septiembre de 2023 y que culmine con casi 800 al término del proceso electoral.
Por más que duela, la pregunta obligada es ¿en qué país insensible nos han convertido? ¿Por qué tanta violencia y al gobierno federal esto no es importante, no es trascendente? No se dice para azuzar al pueblo a levantarse en armas, no, lo que preocupa es ese silencio tan cómodo al que nos hemos acostumbrado y ver este tipo de atropellos como algo normal, como parte de nuestra vida cotidiana.
Y es cierto, la población está convencida que la normalización de la violencia se debe a la incapacidad de la autoridad para resolver el avasallamiento de los grupos de poder. De ser así, México está en terapia intensiva y si las próximas autoridades no ponen mano dura para impedir que toda la geografía mexicana se pintó de rojo, entonces vayámonos preparando para vivir siempre sometidos al poder del más fuerte, del que tiene mayor poder económico.
Asesinar a un sujeto a mansalva, sin un poco de misericordia, sin arrepentimiento, y ante cientos de testigos, significa que quien mandó a cometer semejante canallada está enfermo de poder y eso a la postre, le hará un inmenso daño no sólo al municipio de Coyuca de Benítez, sino al estado de Guerrero y el mensaje de impunidad estará marcado para repetirse en cualquier parte del país.
Quien haya sido el que mandó a matar al candidato de la alianza PRI-PAN y PRD debe estar durmiendo tranquilo, pues sabe muy bien que el sicario contratado para hacer esta asquerosa maniobra no podrá delatarlo, tras ser abatido a tiros por los elementos de (in) seguridad que custodiaban a José Alfredo.
Comparamos la muerte de este político como lo fue en su momento con Luis Donaldo. Los dos tienen la misma connotación policiaca más no política, en el sentido de que fueron acribillados en público, aunque hace 30 años detuvieron al asesino del priista, quien está punto de salir de la cárcel, según dictaminan las leyes vigentes de aquel entonces, y en el caso del aspirante a la alcaldía su agresor ya no vive para contarla y a menos que la autoridad sea muy ducha, puede llegar al fondo del asunto.
Sin embargo, como se han ventilado los asuntos judiciales y de investigación, el caso será cerrado y quizás el día de mañana estaremos siendo testigos que quien ocupe la plaza en lugar de José Alfredo sea quien lo haya mandado a matar. Es una hipótesis que no tiene por qué ser descartada, pero que quizás nunca se llegue a saber.
El crimen de Colosio como el de José Alfredo marcan dos épocas que están registradas en la historia como el camino del cambio que ha emprendió este país. El primero con el inicio de la caída estrepitosa del Revolucionario Institucional, y en el caso de Coyuca de Benítez, el giro que pueda dar la elección de este domingo, rumbo la presidencia de la República, pues el desgaste y miedo que se vive en los mexicanos, puede ser el reflejo de un sorprendente resultado que dé un giro de 360 grados a lo que ya se tenía como de mero trámite desde hace dos o tres años.










